Textos finalistas – Categoría general

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Agosto era un páramo, de José Silberman

Agosto era un páramo. Retrocedíamos cada día empujados por el fuego de artillería que caía sin parar sobre nosotros. Empujados también por nuestro miedo. Desandábamos todo lo ganado, volvíamos sobre la sangre propia y ajena, sobre muertos que ya no sabíamos si eran de ellos o nuestros, ya sólo eran cuerpos en el barro.
De nuestro pelotón sólo quedábamos Miguel, Cardozo y yo. Una semana atrás habíamos perdido al sargento y al cabo, en la misma refriega. Y antes de que ese día terminase ya éramos menos de la mitad. A oscuras y cagadísimos de miedo hicimos lo que hacían todos, retrocedimos. Nos íbamos replegando con los pocos sobrevivientes de otros pelotones. Éramos un puñado de soldados con hambre y frío y sin nadie al mando. Los que no podían moverse por sus propios medios quedaban atrás; cada vez que alguno había intentado cargar un herido habíamos perdido a los dos.

El fuego nunca paraba, nos barrían desde helicópteros, nos tenían horas bajo artillería y cuando creíamos que aflojaban un poco nos alcanzaba su infantería y seguíamos corriendo. Solo durante un par de horas a la noche amainaban los drones y las balas. Dormíamos cómo podíamos, espalda contra espalda. Bah, no dormíamos un carajo. Dejábamos de correr, nomás.

A quién mierda se le ocurre hacer una guerra en invierno, decía Miguel. Cuántos pelotudos con las medias secas y almuerzos de catering del Ministerio de Defensa se necesitan para sacarnos de esta mierda, cuántos, decime. Nosotros acá en el medio de la nada cayendo como moscas y cagados de frío y hambre y los generales moviendo drones y barcos como si jugaran al TEG. Cardozo asentía y le pasaba el faso para que se callara un poco.

Hacía una semana que reculábamos. No había quién diera órdenes pero estaba claro que alcanzar la playa era la única esperanza para sobrevivir. Ahí tal vez alguna lancha o helicóptero nos podría evacuar. Metro a metro nos comíamos los mocos. Cada tanto algún compañero con algo de amor propio o con droga en las
venas nos alentaba a dar batalla, a dejar de retroceder y recuperar posiciones. Esos arrebatos de entusiasmo terminaban con el tipo abatido, los muchachos desmoralizados y un derroche de energía y municiones.

Miguel puteaba, puteaba todo el tiempo. A los hijos de puta que nos disparaban, a los hijos de puta que nos habían llevado hasta ahí, al frío hijo de puta. Cuando dejaba de putear, lloraba. Cardozo tenía la cara ensangrentada, la sangre se colaba de una venda que le cubría media cabeza y sostenía una oreja o lo que quedaba de ella. Buscaba cigarrillos y comida en los bolsillos los muertos que habíamos dejado atrás la semana anterior. Y yo pensaba en el consejo de mi vieja al despedirnos: no te me mueras, había dicho. También me había dicho que mantuviera secos los pies pero la nieve, la lluvia y los putos arroyos lo hacían imposible.

El repliegue era un caos. El grupo crecía y se achicaba todo el tiempo. Crecía cuando nos encontrábamos con otros infelices como nosotros, se achicaba con los muertos y con los que quedaban separados cuando retrocedíamos en pánico con la muerte alcanzándonos. La puta madre, dijo Cardozo, cuando se agotó la batería del GPS. Estábamos a un día de distancia de la costa, y había que seguir a ciegas porque no había ni sol ni estrellas ni una puta señal, el cielo estaba encapotado desde el día que llegamos. Miguel no dijo nada, ya no tenía fuerzas para putear.

La artillería comenzó mucho antes del amanecer. En todas las direcciones caían bombas. La confusión era total. Nos levantamos y agarramos solo el casco y el fusil. Para qué cargar con más si no creíamos que fuéramos a sobrevivir otro día, no hacía falta que alguno lo dijera. Corrimos durante horas, en el barro, sin estar seguros de si íbamos hacia la playa o hacia el enemigo. Nos habíamos separado del grupo y éramos nuevamente sólo los tres, nos vencía el cansancio y el miedo. Paramos unos minutos para recuperar el aliento, nos agachamos con la espalda contra un barranco. Estábamos perdidos, casi no teníamos municiones y de cualquier forma teníamos los dedos congelados como para disparar. La angustia nos cerraba la garganta y no podíamos hablar, llorar, ni rezar. Por un momento hubo silencio y sólo se escuchaba la artillería a lo lejos. Shhh, dijo Cardozo, ¿escuchan? Qué mierda, respondió Miguel. Shhh, insistió Cardozo, cerrando los ojos. Después de unos segundos, Miguel nos miró, con lágrimas resbalando sobre el barro y la sangre de su cara, y dijo: es el mar.

Almas gemelas, de Daniel López

Galindo duerme de día con una sonrisa que, al que lo mire, le hace pensar que está despierto. Después de cada ronquido, que suena como si movieran un mueble medio revirado, los labios se le vuelven a juntar y las comisuras se le elevan dibujándole un arco. Duerme al lado del cuerpo de una mujer que enterró hace años entre su cama y la ventana que da al jardín. En la cabecera le puso una especie de lápida que armó con el respaldo de una silla.

Por lo general se despierta cuando el sol se esconde y las sombras se estiran al máximo para dar lugar a la oscuridad. Cuando se despierta antes y la luz del atardecer que se filtra por la ventana lo obliga a cerrar otra vez los ojos, intenta seguir durmiendo y casi nunca lo logra. Cuando se despierta después de ese momento en que el cielo pasa por el azul antes de ponerse negro, Galindo salta de la cama como si llegara tarde a algún lado y se prepara un desayuno con pan de chicharrón y mate cocido. Después, de noche, Galindo anda dando vueltas por el barrio buscando amuletos en los tachos de basura y, a veces, cuando no encuentra nada, se va hasta el río y se sienta sobre alguna piedra y espera una señal clara: una estela sobre la superficie del agua, el canto de algún ave o la aparición de un cuerpo flotando. Galindo tiene cincuenta años, mide un metro setenta y cinco y camina encorvado. Tiene una sonda metida en el pito y lleva la bolsa con el pis ajustada al muslo con una venda. No mira mucho dónde apoya los pies, prefiere mantener la vista al frente y, a cada paso que da, da también la sensación de estar agazapado o, por lo menos, alerta. Hoy, que hasta recién roncaba y sonreía como un bebé, lo despierta un trueno. Ya es de noche, pero hay como una claridad metálica de tormenta, un resplandor de actividad eléctrica manifestándose en el cielo, y Galindo acerca la llama de un fósforo a una vela y va con la vela encendida al baño. No le gusta mirarse al espejo con la vela en la mano, pero no lo puede evitar, es lo primero que hace. Tiene un botiquín de tres hojas con los espejos llenos de polvo, pero adentro no hay tanto polvo y ahí Galindo guarda algunos amuletos y los frascos con sus uñas.

Cuando logra apartar la vista del hombre idéntico, Galindo apoya la vela sobre el piso de cemento y, después de sacarse la venda, vacía la bolsa de pis en un inodoro de loza verde musgo que alguna vez fue blanco.

Después de ajustar la bolsa otra vez con la venda, vuelve con la vela, esquiva la tierra que cubre a la desconocida que encontró flotando en una noche llena de señales, y se arrodilla sobre unos papeles de diario frente a la ventana. Lo que más se oye es el repiqueteo de las gotas que golpean contra el camino de lajas que bordea toda la parte cubierta, pero también se oye la noche, las voces que Galindo dice que hablan a través del viento y de las hojas de los árboles. A veces le da por ponerse las botas de goma y agarrar el paraguas y salir para oír mejor, pero hoy llueve más que otras veces y pareciera que no hace falta, que desde adentro Galindo escucha perfectamente lo que dicen.

Una anguila de luz rabiosa parte el cielo a la mitad y el resplandor plateado lo ilumina sonriendo, como si durmiera o como si posara para una foto. También cuenta: uno, dos, tres, cuatro… cuenta los segundos hasta que llegue el trueno y apoya la palma de las manos sobre la tierra, por debajo de los papeles. Está convencido de que, si el trueno llega antes de que diga diez, el mensaje será para él y que, para interpretar el sonido, necesita sentir las vibraciones del suelo.

Cuenta hasta quince y, algo decepcionado, Galindo se levanta con la vela, se sacude un poco el polvo de las rodillas y llega el estruendo.

No es para mí, dice mirando a la tierra y después se queda medio encorvado con la vista en el respaldo de la silla. Hace días que está pensando un nombre para tallar sobre la madera. Con la fecha de su nacimiento y la del día que la encontró en el río. Como si fuera ése el día que la mujer había muerto y como si fuese como él pensaba, que eran almas gemelas y que por lo tanto tenían que haber nacido sin muchos minutos de diferencia. Pero está entre dos nombres y todavía no se decide. Son dos nombres parecidos. Dos nombres que de alguna manera quieren decir lo mismo. Pero así está, indeciso, con la vela en la mano y esperando una señal.

El río de las aventuras, de María Carolina Martínez Castro

Siempre hemos recontra odiado la siesta. Está todo cerrado, hace mucho calor y la fiaca te inunda. Nosotras tenemos demasiada energía para dormir, no nos sale, nos tiembla el cuerpo de excitación contenida.
Me escapo de mi casa por el jardín. La Mary y la Guada me esperan abajo del palo borracho de la esquina. Llevamos las mochilas cargadas con agua, galletitas, un cuaderno y los binoculares de mi abuelo Mario. Estamos haciendo un registro de bichos y aves en el monte frente a casa.

Nos saludamos chocando las manos y nos disponemos a cruzar el canal. Se puede cruzar saltando, pero a mí siempre me da miedo meter la pata y caerme, siempre fui bastante bruta y todavía me cuesta controlar mi 1,55 con ocho años. Me saco las zapatillas y cruzo pisando el fondo, trato de hacerlo rápido porque también bajan víboras de las comesapos por el canal y esas sí que me dan un miedo bárbaro. Las chicas con sus piernas largas y saltos valientes me esperan del otro lado. Me pongo las zapas con los pies mojados, aunque mamá después me diga que así me voy a llenar de hongos.

Vamos monte abajo donde está el río de las aventuras, en el lecho del río es más fácil encontrar algún bicho para registrar. En el camino agarramos unos palos largos. Todas las veces elegimos palos distintos Siempre decimos que los vamos a guardar para usarlos otra vez pero generalmente terminamos perdiendo. También juntamos piedras para hacer sapito, las que son chatitas y lisas, esas son las mejores. No siempre tiene suficiente agua el río, para que salgan bien los saltos, pero las juntamos igual. De repente veo una flor violeta hermosa, tipo orquídea que se ve que tiene un palo viejo arriba y por eso no puede seguir creciendo; está en una de las paredes verdes del monte, no muy alto. Si nos hacemos patita entre las tres seguro que llegamos y sacamos el palo para que pueda seguir creciendo bella. Yo soy la más alta pero también la más pesada, Guada es la más hábil pero es la más petiza de todas. La Mary es super liviana pero no tiene casi fuerzas en las manos. Quedamos así: yo le hago patita a la Guada pero no funciona, tiene los brazos muy cortos. Pero ahora tenemos la idea en la cabeza, no podemos irnos de ahí sin liberar a esa flor. Yo voy a trepar un poco, la subo a Guada y La Mary trepa por encima de las dos, si total ella no es para nada pesada. A la una, a las dos y a las tres. Funciona, la Mary llega a la flor, le aparta el palo, yo no aguanto más el peso de la dos y con el verdín del cerro me resbalo, caemos las tres rodando monte abajo. Tengo el culo raspado al rojo vivo, La Mary, otra tremenda frutilla en la rodilla derecha, y la Guada, un chichón en la frente. Nos vemos todas detonadas y nos morimos de risa, nos duele más pero igual estamos tan tentadas que nos dan ganas de hacer pis. No hay nadie así que pelamos los lienzos ahí no más. No sé cómo voy a hacer para que mi mamá no se de cuenta del tremendo golpe que tengo. Le voy a tener que contar la verdad, que a veces en las siestas nos vamos con las chicas al río . Bueno, puedo decirle que no es a veces, que fue sólo hoy.
Volvemos muertas de risa y por supuesto que nos dejamos los palos buenos que habíamos encontrado en el río.
Entro a casa por el jardín. Voy al botiquín del baño, está lleno de medicamentos, ni idea qué ponerme y una curita me parece poca cosa.

Lo dejo así, ya se me curará. Voy a la cocina y me agarro un boyo de la bolsa, tiene chicharrón, no me gusta tanto, prefiero sin, pero tengo hambre, saco quesillo de la heladera, está bien frío. Podría tostar el bollo pero no quiero hacer ruido. Me hago un sandwich ahí en la mesada de la cocina y me lo como en tres bocados.

El viento de los aleros, de Alejandro Molano

-Aquí ya ni huele a mierda, con todo y que está lleno de humedad. Vea ese musgo en las paredes, hasta se tragó el almanaque de los cigarrillos esos; se ve más clarito ahí -me dijo Marta, parada frente a la ventana, a contraluz, con el trapo renegrido en la mano que dejó en reposo sobre la cadera y la boca como pronunciando una u señalando la huella en la pared-. Y todo está lleno de tierra: por donde una toca, queda con las manos cuarteadas.
Regresamos a la casa, tras 22 años de haber salido del valle, porque habían dicho que solo iba a estar el Ejército en la zona; que los paras, los narcos y la guerrilla ya no volverían, y que harían la titulación de la tierra en la que vivimos desde que el papá del tatarabuelo José María había adquirido el baldío, luego de 20 años de tumbar monte a punta de machete, construir y cultivar, hasta ese 23 de octubre de 1998.
Volvimos e incluso el televisor seguía conectado y la ventana que recién había cambiado mi mamá conservaba el vidrio entero. Le habíamos dado una pasada con un trapo que se mantenía guardado en una de las gavetas de la cocina.
-Voy a hacer tinto. Traje la cafetera y ya conecté la pipeta de gas, así que los fogones deberían funcionar -le respondí, dándole la espalda y dirigiéndome hacia la puerta de la habitación.
-Mire, Juan, la muñeca de la niña, todavía estaba guardada aquí, en el cajón de la mesa.
Me asomé desde la cocina con la caja de fósforos a medio abrir.
-Pero debe estar llena de bichos.
-Sí, pero ya muertos todos. Las telarañas que había adentro no tenían ni una araña -respondió Marta dándole una ojeada a la muñeca por un lado y por otro.
-No encienden los fogones. Habrá que limpiarlos, supongo.
-Ya voy y les pasamos el cepillo. Seguro está todavía en el lavadero de atrás.
En el lavadero, además de la ropa, también nos bañábamos a totumadas. Yo solía ser el primero en hacerlo, muy de madrugada; luego mi mamá bañaba a la niña; mi papá lo hacía cuando volvía de ver los sembrados, y Marta, en las tardes, al llegar del trapiche donde trabajaba.
Atravesé la puerta que daba al solar, me recosté en el lavadero de concreto, nacido de yerbamala y mosquitos, y me quedé mirando hacia el guayabo que había saliendo para la quebrada.
-De allá no sé si se pueda sacar agua todavía. Acompáñeme y miramos.
-Eso, porque aseo es lo que hay que hacer.
Cuando regresamos de la quebrada, con un par de totumas rotas que encontramos a un lado del solar, Marta se quedó buscando el cepillo entre la maleza que cubría el rincón del lavadero. Estaba como nuevo, apenas cubierto de una capa fina y blancuzca de polvo que limpió con el trapo renegrido que se había colgado del cinturón. Me mostró ese detalle con sorpresa.
Yo fui a buscar la muñeca de la niña porque quería saber si al tocarla recordaría mejor a nuestra hermanita, su olor, el sonido de su voz, la textura de su cabello. No funcionó. Mientras la dejaba en su sitio, logré ver en el fondo del cajón unas hojas de papel, dobladas. Tenían la letra de mamá. Llamé a Marta y le entregué la segunda. Abrí la que estaba encima y empecé a leer cómo habían llorado ella y mi papá cuando nos fuimos, las historias que le inventaban a la niña, lo que le respondían a la gente que preguntaba por nosotros y cuántas veces habían vuelto los de la tropa por la finca hasta ese día.
Marta se sentó a leer en el borde de una de las sillas podridas y dejó el cepillo sobre la mesa. Mientras yo leía, ella movía la cabeza de un lado al otro. De pronto, se detuvo, arrugó la carta contra su pecho al levantarse y salió corriendo hacia el solar.
Dejé la carta sobre la mesa y el cepillo ya no estaba. Aunque parecía que no lo hubiese tomado ella, su cambio repentino no me dejó prestarle atención. Me fui tras ella y la vi caminar hacia la quebrada, hasta el guayabo. Marta estaba ahí, mirando un par de cruces en concreto y cal, ambas con la misma fecha: 23 de octubre de 1998. La de la derecha tenía su nombre y algo que había sido una fotografía. Marta señaló hacia la inscripción de la de la izquierda y me miró.
-Mire, Juan, la suya.

Humo blanco, de Damián Viloria

Ha vuelto al campo. Ha tomado un colectivo y se ha bajado a unos kilómetros de la finca y ha caminado. Ha visto cómo los postes de alta tensión, a un costado del camino, sostienen los cables. Y ha visto el cielo como detrás de una reja. La casa, a lo lejos, borrosa ante sus ojos, es la misma. Está cerca, pero no la siente así. El sol pega en los ladrillos de las paredes y se refleja en los vidrios de las ventanas. El pasto está alto. Camina hacia el interior del predio y espera escuchar el ladrido de los perros. Pero esos perros no ladran. Solo escucha el peso de sus pies insinuarse sobre el pasto, y entiende que el camino de arena que hay debajo ya no conducirá a ninguna parte. Gruesos manojos algo deformes de gramilla aparecen, como si fuera un archipiélago, en la superficie donde, antes, la arena, se dejaba ver prolijamente. La casa es esa, la misma. Está parado frente a ella y saca las manos de los bolsillos y amaga con aplaudir para anunciarse, hasta que recuerda que nadie, ni siquiera los perros, lo espera del otro lado de la puerta, y que la casa, esa casa, es suya y de nadie más. Larga el aliento, todo el aliento. Se desinfla. Se agacha y levanta una de las puntas de la alfombra que está frente a la puerta mosquitera y ahí encuentra, como siempre, como si nunca nadie se hubiese ido, la llave.

Adentro, es otra cosa. El pasto, junto con la enredadera que antes trepaba por una de las paredes externas del patio, parecen haberse ganado el espacio interior de la casa. Todo allí dentro, ahora, es otra cosa. Él está ahí, pero no se siente así. Y mira el patio a través de la ventana, y le parece interminable. Eso es el campo, piensa, si uno quiere irse, tiene donde. En la ciudad, en cambio, los ojos son dos reclusos condenados a perpetua. ¿A dónde piensan ir, idiotas?, parecen decir las vidrieras, y los carteles en las calles, y las luces, y los autos, y el apagado brillo en los demás reclusos condenados a perpetua. En la ciudad es otra cosa. Por eso el campo. Y él está ahí, en el interior de la casa que, ahora, es esa y no otra. Escucha su respiración en el silencio. El silencio es un juego de niños dormidos. Y encuentra, con los ojos, las tapas de las enciclopedias. Lo que al principio parecía información útil, ahora no le sirve para nada. De eso podría dar perfecta cátedra la araña que, con sus diminutas patas, ha tejido su mundo. Y él sopla la tela, y la tela se despierta en ese tiempo y espacio. La araña ha ido a ocultarse; conoce el peso del cuerpo de sus posibles víctimas y las vibraciones que emiten en la desesperación por vivir, por seguir viviendo; pero el aire que ha salido de la boca de Ángel y ha puesto a vibrar la tela, es otra cosa. Vuelve a soplar, tiene la esperanza de parecerse a algún insecto. Pero él es ese. Ha tomado una de las enciclopedias y ha desprendido todas sus hojas y ha tirado luego la tapa rígida contra el vidrio de la ventana con la seguridad de romperla. Y no se rompió. Pero guardó en el centro de esa habitación, la que ha sido suya, la pila de hojas inútiles. El sol desaparece en la profundidad del campo, cae, como la mermelada sobrante untada en una tostada, inevitablemente. Y él sigue esperando a la araña. Pero la araña no es tonta, ha visto su tela caer una y otra vez y la ha tejido de nuevo y ese, Ángel, con sus manos llenas de violencia contenida, no es otro que él mismo. Y la araña lo sabe.

Es de noche y la noche, en el campo, no miente. Ha encendido, en el centro de la habitación, una fogata. Ha visto arder las páginas de las enciclopedias. Ahora sí son útiles, ha pensado. Sobre una repisa cubierta de polvo ha encontrado unos cigarrillos. Hace ya mucho tiempo que no fuma. Ha encendido uno. Sentado, sobre lo que era la silla sin respaldo de un piano, mira la telaraña. Y fuma. Encenderá otro cigarrillo; y otro. Un humo blanco se desprenderá de su boca, lentamente. La araña saldrá; estará, otra vez, en el centro de su mundo de seda. Y él, desde abajo, podrá mirarla sumido en la penumbra.

Jardín de mangos, de Talia Rodríguez

Cada verano voy a casa de mi padre. Son vacaciones largas y mi madre aprovecha para pasar tiempo con su novio así qué me manda en un camión hasta Veracruz. Yo veo a mi papá únicamente los veranos. El pueblo en el que vive no tiene escuelas bilingües y mamá quiere que aprenda muy bien el inglés para irme bien lejos de este pinche lugar, así le dice ella: pinche. De mi casa a casa de mi padre son muchas horas. Siempre viajo de noche y bien dormido, el tiempo así pasa en la oscuridad. Mi papá me espera en la terminal, sacude mi cabello y nos montamos en su troca azul hasta la casa.

Me gusta mucho llegar a casa de mi padre. Yo vivo en un departamento y por todos lados tengo vecinas molestas o perritos nerviosos que lloran todo el día. Mi papá tiene mucha suerte porque no tiene ninguna casa muy cercana y tampoco perros chiquitos. Él tiene al “Carajo” y al “Jaiba”. Son dos perrotes de los muy listos capaces de destruir cualquier hueso de ladrón que quiera robar todas las cosas que mi papá tiene en casa, pero sobre todo los mangos. Son la gran riqueza. Así dice mi papá: riqueza. Son muchos árboles los que tiene en el jardín. Yo aprendí a colgarme de ellos y con el cuchillo voy desprendiendo su centro hasta que el mango cae y los empleados de mi papá, que no hablan porque perdieron un día la lengua, los recogen en una canasta y me ayudan a llevarlos con Claudia. Ella es la cocinera que prepara los postres más ricos del mundo. La cocina siempre tiene olor a pimienta y a veces a sangre de gallo. Ayudo a Claudia a pelar los mangos para hacer tartas o mermeladas. Papá a veces se enoja que me guste la cocina y entonces me lleva a mi cuarto y me muestra nuevos juguetes. Generalmente son pistolas de esas que lanzan burbujas o balas de goma. Yo, la verdad, no las uso mucho, no sé bien a qué dispararle. Papá también tiene una pistola que carga en su cinturón. Él dice que todo hombre lleva una “amiga” en un pueblo así de cabrón. Así dice: cabrón.

Mi lugar más favorito es el jardín de mangos. El mango es mi fruta favorita porque me recuerda que el verano es la época más dulce del año y también a Jaime. Él fue mi hermano mayor, pero sólo por mi papá. En realidad no lo conocí tanto, pero los veranos que estuvimos juntos eran más divertidos. Jaime apareció, así de pronto, afuera del portón de la casa. Estaba todo muerto y hasta la cabeza había perdido. Yo no lo vi, todo me lo contó Claudia. Mi papá se enojó tanto que salió en su troca y no volvió hasta como en tres días todo lleno de sangre. El verano en que Jaime murió, mi papá me mostró una parte de la casa que antes era desconocida. Estaba bajando unas escaleras ocultas que están por dentro de lo que yo pensaba era una chimenea. La puerta tiene una contraseña que yo no me atrevo a aprendérmela. Al entrar, me dijo que esa era la habitación especial. Así le llama: especial. Allí me enseñó todo lo que tiene para trabajar. “Esto es la nieve, esto es la tacha”. Yo sólo veía cajas y cajas con bolsitas blancas. Mientras recorría la habitación vi una pared con un montonal de notas de periódico. Me acuerdo una que dice: “El rey del cártel Jarocho deja tres muertos como venganza por la muerte del príncipe”. Mi papá me dijo ése día: Yo soy el rey. Yo le pregunté que si eso me volvía príncipe. Él se rió y abrazó muy fuerte. Papá dice que yo soy lo mejor de su vida y que muy pronto me va a mandar bien lejos para que no haga pendejadas. Así dice: pendejadas. Yo la verdad no me quiero ir lejos. Los veranos sin venir a casa de mi padre serían muy tristes.
Papá y su casa siempre me sorprenden. Cada año la casa cambia de color. Yo la conozco azul, blanca, rosa mexicano, amarilla y rojiza. Mi padre también tiene la facilidad del cambio. Lo he visto con cabello chino, largo, lacio, pelón, nariz grande, afilada, bigote blanco, negro, sin barba. Él dice que es para el camuflaje y siempre que dice “camuflaje” yo pienso en Hugo, mi camaleón. Lo tengo desde mi cumpleaños número cinco, entonces, haciendo la cuenta, ya tengo cuatro años con él.

Papá tiene en su casa un terrario de serpientes amarillas. Yo algunas veces les aviento unos ratones para que sientan que tienen libertad de desierto. También, en la bodega, a veces papá guarda hombres pero a ellos no les aviento ratones porque es mucha comida para unos hijos de la chingada. Así dice: chingada. Igual yo no sé si mi papá es bueno o malo. Lo amo y me gusta la casa que un día, dice, será mi casa con todo y el jardín de mangos.

La empresa cinematográfica de la vida real de Edgardo Bud Monk, de Pablo Giordano

Puedo asegurar que no va a funcionar porque fui al colegio con Ed. Estaba enamorado de Marina. Ella le devolvía, sin respuesta, los papelitos que Ed le tiraba. Enfurecido, le preguntó si gustaba de él. Marina miró para otro lado. Así nació la historia, y todo lo que vino después: la empresa cinematográfica y la locura. Un día llegó a la escuela con la solución. Dijo que en las películas las chicas se convencen porque hay música. El viernes, en el último recreo, le pidió a Marina hablar. Fue entre el mástil y las ligustrinas. Ed le agarró la mano, ella se puso colorada, sonó el violín. Pablito Gutierrez tocaba bien una sola canción, “Penas de amor”, según dijo. Ella asomó la cabeza para ver al violinista. Marina no le soltó la mano, lo miró a los ojos y bajó la cabeza. Él le dio un beso, corto. Y ella se lo devolvió.

Ed le pagó los sánguches a Pablito y dijo que podíamos ganar plata ayudándo a otros con igual problema. Esa semana nos llamaron tres. Al Chalo no le hizo falta, llamó por teléfono a la mañana para cancelar la operación: la chica había ido a merendar y, según él, la enamoró porque ganaba en el Counter. Ed le dijo: ‹‹Pagá igual››. Pablito había faltado a básquet para eso y ya debía estar en su puesto, esperando directivas en el baño de la obra en construcción. Aprovechamos a Pablito y cambiamos la cita del Pini a igual hora y lugar, salió de lujo. Cuando el Pini la besó, corrimos.

El nombre de la empresa era Etruria. Así se llamó la zona de Italia de los Etruscos, una civilización perdida que, en su época, vivía con músicos tocando alrededor, hasta al cocinar. Los clientes eran pocos, pero suficientes para contratar a Marina en la guitarra, y a Facundo, un saxofonista del secundario que iba a trabajar a la tardecita y de noche. Algunos chicos nos contrataban dos o tres veces. Los noviazgos terminaban rápido: dos meses, una semana, dos recreos.

Empezando el el secundario empezó la bancarrota. Jamás voy a olvidar la tarde en el barrio Huellas del Alto. Asistimos al rubiecito frente a la Reina de la Primavera, cuatro años más grande y dos cabezas más alta que el pretendiente. Ed se puso loco: la reina mascaba chicle apoyada con un pie en el paredón, muda. Ed soplaba la letra al rubiecito desde atrás de un Fiat. Probó distintas frases, hasta contradictorias, desesperado, el rubio era poco hábil. Desde el techo lo noté, la chica, al borde de la risa, simulaba no darse cuenta para ver hasta donde llegábamos. Ed usó el último recurso, me dio la orden. Bajé al patio de esa casa, abrí la canilla, subí de nuevo al techo, apreté la punta de la manguera y salió el agua.

—¡Más lluvia! —gritó—. ¡Más triste!

Lo mismo había ocurrido con Gerardo Giento en la cancha de básquet del Club Unión, donde tiré hojas secas en la cabeza de Giento. Ed pedía:

—¡Más otoño! —y miraba el horizonte—. No baja más ese sol de mierda. ¡Necesito atardecer, romance, vamos! Prendele fuego a la montaña de hojas, necesitamos olor a otoño, humo, atardecer. La reina terminó el juego: le dio un beso en la frente, nos señaló a todos, y dijo que éramos muy tiernos. Caminó hasta su moto y salió sin darse vuelta. Fue el comienzo y el final de la empresa cinematográfica de Ed. En los últimos manotazos de ahogado puso un equipo de cine casi completo a trabajar -hasta iluminadores y vestuaristas-, andaba a los gritos por el “set'' -así le decía a las veredas-, y ya nadie le creyó. Terminamos el secundario y no volví a verlo. Estoy leyendo la entrevista del diario donde dice que lleva veinte años en la industria de los videojuegos. Creó un GTA de realidad virtual capaz de ganarle a la competencia. El jugador lleva un traje de cuerpo completo, con sensores y otros chips para sentir el juego. Si muere en el GTA, también lo hará en la vida real. “El hombre participa de muchísimos deportes extremos con riesgo de muerte…”, se defiende, “…muchas veces los deportistas mueren en carreras de auto, o paracaidismo. ¿Por qué debe ser diferente un mundo virtual?”

Muerdo la tostada con mermelada, como la que comíamos en los “Break de producción” y doy vuelta la página. Los dejo pensando. Conozco a Ed, ese proyecto no puede salir bien.

Matilde, de María Marull

Matilde trabaja en un local de ropa que da a la calle, en la galería Casini. Es un local chiquito en el centro de la ciudad, pero la ciudad ha cambiado mucho.

En una época las vendedoras se peleaban con las clientas que se llevaban montañas de ropa al probador. “¡De a diez prendas, no!” Gritaba Matilde, en ese entonces. Ahora, en cambio, pasa un día entero sin que nadie pregunte ni la hora.

Matilde viaja hoy en subte. Mira pasar las estaciones, baja, camina tres cuadras bien abrigada y se agacha para abrir el candado del local. Enciende las luces aunque afuera está naciendo el día y se sienta en el taburete a mirar por la ventana con la campera puesta. Una señora que baja del taxi con tres hijos, hace malabares para pagar sin que la puerta se le cierre en los dedos.

En la radio pasan el ranking de canciones, mucho Abel Pintos, y otros temas románticos que vaya a saber por qué, la hacen largarse a llorar desconsoladamente. Como no encuentra carilinas se seca con una remera que cuelga en el perchero de ofertas.

Anoche le costó conciliar el sueño, se quedó paveando con el celular, espiando vidas ajenas y se vació. Se preguntó cosas sin hacerse preguntas y un agujero empezó a crecer en alguna parte de ella.

En el local diminuto se sirve un vaso de agua de la canilla del baño, la dueña dejó de comprar hace rato el botellón mineral del dispenser. Matilde se pregunta de dónde viene esa creencia que un vasito de agua te calma.
Vuelve a doblar las remeras que ya están dobladas, pasa un trapito húmedo por los estantes que ya están limpios y avanza con el dial hasta las noticias que hablan de cuánto subió el dólar y la canasta familiar, del clima que está cambiando y de las vacaciones de invierno que se aproximan. El tema de las vacaciones la arrastra ahora a un llanto profundo y consternado. Esta vez se limpia con las medias que, como todos los artículos del local, están en oferta.

Abre el tupper con la comida que se trajo para el almuerzo aunque sean las ocho y media de la mañana, arranca con las lentejas.

Ahora clava el dial en cumbias furiosas. Con el tupper en la mano ensaya pasos de baile, mira la ropa colgada con cierta borrachera que no tiene y elige un vestido de lycra y canutillos dorados que le parece espantoso. Sale del probador con el vestido puesto. Hunde panza, se despeina y canta.

En ese intento desesperado por que le pase algo un poco interesante, entra Cristian. Campera marrón con corderito adentro y hombros caídos. La mirada tímida y la voz suave: Hola.

Matilde deja las lentejas sobre el mostrador.

Matilde- ¿En qué te puedo ayudar?
Cristian- ¿Sabes dónde puedo comprar fichas para el parquímetro?
Matilde- En el kiosco de la esquina.
Cristian- Gracias.
Matilde- Te miro el auto hasta que vayas.
Cristian- ¿Cómo?
Matilde- Que te miro el auto, hasta que consigas.
Cristian- Ah, bueno, gracias.

Matilde tiene ganas de seguir la conversación y decirle: de nada. ¿Adónde vas después? ¿Me puedo ir con vos en el auto? Yo te cebo mate, si te animás podemos irnos hasta algún pueblito caluroso. Conversando o en silencio si no tenés aire acondicionado y tenemos que bajar las ventanillas, porque el viento hace mucho ruido cuando entra. Llevamos dos remeras de estas, en oferta, para enganchar en los vidrios como cortinas y que el sol no nos lastime. Podemos contarnos nuestras vidas con una nueva versión y cuando te canses de manejar paramos. Yo te puedo compartir estas lentejas que a mi me hicieron llorar pero quizás a vos te hagan reír y si no te gustan, hacemos un asado y somos un rato como esa gente que pasa el domingo en la banquina de pasto verde con chicos que remontan barriletes. Si tenés hijos podés llevarlos y los compartimos y si no, vamos nosotros dos, quizás tenés en el baúl dos silletas y sabés tocar la guitarra, o puedo llevar esta radio que también funciona a pilas, así escuchas el partido mientras yo cierro los ojos al sol y me imagino que un local de la galería Casini se está prendiendo fuego, porque la vendedora dejó su cigarrillo encendido, sin querer, muy cerca de la ropa. Y la dueña se agarra la cabeza porque la ropa no es cien por ciento algodón como dice la etiqueta, es plástico. Y la vendedora corre para que el fuego no la alcance, o quizás prefiere que la alcance el fuego mientras baila cumbia con un vestido dorado, para empezar de nuevo.

Piensa todo esto, Matilde, mientras prende su cigarrito mirando a Cristian acercarse al auto con la ficha que compró en el kiosco.

Opuestos por el vértice, de María Soledad Brea

Él había viajado muchas veces a Europa; yo era la primera vez que cruzaba el Atlántico. Ahí descubrí que él podía dormir en los aviones sin problema, y yo no, porque me pasé las once horas hasta Barajas sin pegar un ojo. Yo iba sólo de turista, y él iba a un congreso de ingeniería. Él era el encargado de sacar las fotos, con una cámara destartalada; yo no entendía para qué quería tantas fotos. Y cuando salíamos los dos en la imagen, él sonreía y yo tenía cara de aburrimiento. Yo viajaba con una mochila enorme, llena de cosas que no tenían la menor utilidad; él viajaba con una riñonera negra. Y con un gorro piluso horrible del club Boca Juniors. Yo iba sin gorro a pesar del sol y el calor del verano europeo. En la escala en Madrid yo quería recorrer barrios y visitar museos; él quería ir a la cancha del Real y del Atlético. La primera parte de su congreso era en Barcelona, donde él quería aprovechar para comer paella, y a mí en ese entonces no me gustaba el pescado. Yo era la encargada de llevar el mapa para ubicarnos en los recorridos, y él caminaba sin rumbo, preguntando por ahí y riéndose de las veces que nos perdíamos. Yo sentía que cuando perdíamos el rumbo estábamos perdiendo tiempo; él me decía que esa es la mejor forma de viajar. Él se metía en los bares más chiquitos de cada barrio, a tomar una cerveza; yo, que en ese entonces no tomaba, a veces aceptaba una coca y la mayor parte del tiempo esperaba afuera mirando la hora. Él me sacaba fotos en todos lados, a pesar de mi cara de fastidio, y yo no le sacaba fotos nunca. Hoy yo me arrepiento de eso. Hicimos un recorrido de la ciudad en esos bus turísticos que te dan auriculares y te explican la historia de calles y edificios; yo escuchaba fascinada, y él charlaba con los ingenieros amigos. Él usaba las medias blancas levantadas, lo que a mí me parecía sumamente ridículo. Yo usaba medias cortas que apenas asomaban de la zapatilla. Ninguno usaba ojotas, ni siquiera los días que pasamos a ver la playa. Ni a él ni a mi nos gustaba la playa. La segunda parte del congreso era en Venecia, que él ya conocía, y yo no. Yo pasaba las noches marcando en el mapa todas las iglesias que quería visitar, y él miraba fútbol en la televisión. Durante el día él se empecinaba en tomarse un café en cada bar de cada plaza, y yo lo tironeaba diciendo que no nos iba a alcanzar el tiempo. Yo no hablaba italiano, y él tampoco, pero se hacía entender inventando algunas palabras y completando con gestos. A él le encantaba hacer todo lo que no se podía según los carteles, a mí me daba vergüenza. En la playa del Lido, a la que fuimos porque el resto del grupo quería, yo juntaba caracoles y él me los tiraba. Él probaba algunos platos típicos; yo me limitaba a comer fideos. Cuando él trabajaba, porque después de todo estaba en un congreso, yo leía algún libro. Yo me volví de Europa esa primera vez con todos y cada uno de los folletos y entradas que cayeron en mis manos. Él perdía hasta los papeles que necesitábamos. Él se reía fuerte, con una risa que invadía todo el ambiente. Yo me tapaba la cara, y si el chiste era suyo, hacía fuerza para no reírme, sólo para provocarlo. Él era siempre el centro de las charlas, yo prefería pasar desapercibida, callada en un rincón. Para él, en ese momento, fue un viaje especial. Para mí, en ese momento, fue un viaje. Él quería acercarse, y valoraba todo tiempo conmigo. Yo era reacia a todo lo que viniera de él, y me alejaba en la medida de lo posible. Para él yo era un orgullo, y para mí él era papá, con todo lo que significa eso cuando sos adolescente. Él buscaba temas de conversación; yo me quedaba callada. Meses más tarde él me escribió una carta, agradeciéndome por haber compartido ese viaje. Yo no le contesté. Él le hablaba de mí a sus amigos, y yo trataba de esconderme en la pieza con las mías cuando él llegaba a casa. Cuando él volvía cansado del trabajo, y se sentaba en la cocina a tocar la guitarra, yo subía el volumen del televisor. Seguramente las cosas que él más disfrutó de aquella travesía a Europa no fueron las mismas que disfruté yo. Hoy yo quisiera volver a vivir ese viaje, para hacerlo mejor. Él no sé. Hoy yo quisiera sonreír en las fotos, y sacarle muchas a él. Él no sé. Hoy yo quisiera contestarle la carta, pero él ya no puede leerla. Hoy yo entiendo las cosas que él entendía en ese momento. Hoy yo estoy, pero él ya
no.

Pantano, de Julia Pagés

El agua sempiterna. La ubicación de la pérdida. El empapelado vivo. La humedad que obtura el pensamiento. El retrato de un rincón rasgado. Medir el espesor de la burbuja, la frontera. Buscar un elemento contundente en el marco. Subestimar la densidad del concreto. Trazar la trayectoria como un sepulturero, a pico y pala. Ver como baja y sube la tensión. El musgo ya se devoró cualquier afecto. Aceptar el entramado de los girones. El cuero, el alambre y la arena. Jugar a esconderse detrás de la cortina o bajo la cama. Nadie te espera. Nadie te busca, pero nadie tiene que encontrarte, por el bien del esqueleto. La pantalla es un espejo opaco. Una caja boba llena de cables, como culebritas. La ciudad es esta carcasa. Nutriéndose de nervaduras y larvas. El desorden es poder. No hay que cambiar de ropa. No hay que dejar ningún rastro. La tela apestada protege. Hay que apropiarse de las profundidades. El camuflaje de los vivos es parecer inerte. No perder las referencias. Ochocientos cincuenta y dos días y catorce horas. Yo tenía un nombre. Un nombre que otros gritaban. En manada. No perder las referencias. Ochocientos cincuenta y dos días y catorce horas. Aproximadamente. Proliferan los escarabajos. Inofensivos. Circundan la vegetación. Resuena una y otra vez la propaganda. Una y otra vez. Se acurruca en el cerebro y se queda. El bichito. No hay que perder la referencia. Ir siempre por diferentes ramas. Despistar al bichito. Suena, suena. No dice mi nombre, como la manada, ya no dice mi nombre el avioncito. Líneas y líneas en el cielo. Cuando tiran ceniza hay que esconderse. Todo queda fuera de la carcaza. Los techos blancos. Como veneno de hormigas. No hay que perder la referencia. Hay que esperar, muy quieto. No importa el bichito que hace ruido y rayas en el aire. No importa. Contar hasta mil y empezar de nuevo. Enterrarse en el musgo. No abrir los ojos la mitad del día. La mitad con luz, cuando se ve, ahí no hay que moverse. Crecen hojas suaves en las grietas. Si se empapa se pudre. Mantener el agua justa. No perder la referencia, tenía un nombre bastante bonito, creo. Creo que no lo hizo polvo la manada. Ochocientos cincuenta y dos días y catorce horas. Localizar no es posible. Fuera de la carcasa. Reverbera la manada. Te persigue el bichito, perdés la referencia. Contar hasta mil y quitarle las patitas al escarabajo. Para que no parezca.

Al Sol, solo es crocante. El empapelado está vivo. Si. El agua sempiterna, lo mueve, subterránea. Proliferan los insectos. Pobres. Crece la vegetación. El musgo se devora los recuerdos. Si, yo tenía un nombre. No hay que perder la referencia. No, no. Esconderse. Mientras. Contar hasta mil. Mil creo que era mucho. Mil era un montón. Como quedarse mirando una planta. Tratar de descubrir justo cuando crece. Así de largo. Si, hay que esperar. No pudrirse. Es buena la humedad. Acá no está el bichito, no perdés la referencia. Acá hay escondite de la manada. No llega la cal de los avioncitos. Crecen hojas suaves en las grietas. Si se empapa se pudre. Mantener el agua justa. No perder la referencia.

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