Textos finalistas – Categoría adolescentes

Abismo, de Celia St. James

Las letras se transforman en imágenes y tus manos tiemblan al pasar las hojas lo más rápido posible. Mientras te sumergís en la lectura, cada sorbo de mate cocido se vuelve más frío y la taza se vacía.

Una pareja que intenta escapar de las desgracias de la casa. Cada vez que hay una tormenta el piso se llena de agua que cae por un agujero del techo donde decenas de años atrás se incrustó una bala, disparada por la misma persona que murió. En el techo resuenan piernas invisibles, en el baño los azulejos blancos y relucientes reflejan el agua de la ducha que cae al mismo tiempo que la cortina de flores. Las puertas de madera se abren solas o no abren y manos como garras las rayan para siempre.

Sabés que uno de los integrantes de la pareja va a morir, o la amante del marido, porque es una historia de terror que, por ahora, solo te hace temblar un poquito. Todavía tenés dudas, pero querés seguir, porque recién empiezan tus vacaciones y te gusta la idea de no poder controlar todo. Agarrás unos bizcochitos que compraste antes de salir en una panadería de tu ciudad y ponés la pava para hacerte otro mate cocido. Pensás que otro turista la usó antes, pero dejás ese pensamiento de lado. En el reflejo ves el cansancio del viaje, tus ojeras violetas y tu nariz roja se destacan en tu cara. Comés un bizcochito y le agregás el agua ya caliente a la infusión. Comprobás cuántas páginas te quedan intentando no adelantar el final, hacés una cuenta en tu cabeza y son menos de veinte. Deducís que va a morir la mujer mientras el hombre se va con su amante, no te cuesta saberlo, sos una persona astuta.

Te sentás en el sillón y las letras se vuelven a transformar en imágenes. Sonreís al ver que la escena arranca como lo dedujiste, pero te decepciona haberlo predicho. La mujer está sola, ella lee para evadir la realidad, como vos. Se va a duchar, ya sabés el final. Te acordás de tu reflejo en la pava y dejás el libro en el suelo para bañarte vos también. Mientras caminás hacia el baño te exalta el ruido de un trueno, no te suelen asustar, así que te reís y aceptás que la historia te dio un poco de miedo. Notás que la cabaña es antigua y está descuidada, no le habías prestado mucha atención. Al llegar al baño, abrís la ducha para que se caliente el agua mientras te desvestís. Agarrás dos toallas de un estante y cuando las ponés sobre la tapa del inodoro sentís que un vientito fresco recorre tu cuerpo. No hay ventanas entonces creés que fue parte de tu imaginación. Abrís la cortina floreada y te metés en la ducha, tus pies se calientan inmediatamente y ves el agua reflejarse en los azulejos blancos y relucientes. El vapor cálido te relaja y te gusta que las gotas se deslicen por tu piel. Escuchás que empieza a llover y la ducha se vuelve aún más placentera. Sentís los pies fríos. Al abrir la cortina ves que el baño está inundado, mirás al techo y el agua cae desde un agujero circular. Te dirigís a la puerta para buscar un balde y un trapo, pero un escalofrío recorre tu cuerpo mojado, la madera tiene rayones profundos y la cerradura está completamente trabada. Cerrás los ojos y sentís como la cortina de la ducha te envuelve la cabeza.

Aquella casa de terrores olvidados, de Camille Lispector

Hace más de una semana que falleció mi padre. Mamá se me fue hace ya un par de años, marchitándose por el cáncer de mama. Así en ese fluir del tiempo, me encontré con lo que soy: la hija única, la que quedó y a la que le toca encargarse de los engorrosos trámites post mortem.

Siendo sincera no tenía mucha relación con él, hacía años que no lo visitaba. Tanto que casi ni me apené. Lo sentí como algo natural. Después de la separación, y más aún en mi adultez los motivos para vernos eran inexistentes. Por esto, hacía años que no visitaba la casa. Su casa. Mi casa de la infancia. Donde él vivía hasta que ya no vivió. Donde viví hasta que mamá lo dejó. El lugar que no volví a pisar desde los 11 años.

Esa tarde, por motivos qué solo podrían explicarse por el hecho de que soy una adulta y por alguna que otra cuestión legal, me dirigí a la casa acompañada de mi mejor amigo, Tomás.

Le había pedido que me acompañe, porque no tenía muy buenos recuerdos de aquel lugar, me daba mala espina ir sola y además, la zona no era destacable por su seguridad.

Quería hacer todo lo más rápido posible, terminar con esa historia de una buena vez. Pero mientras estacionaba el auto enfrente, sentía la tensión y rigidez invadiendo mi cuerpo. Me quedé inmóvil, observando la casa. Comparándola con mi engañosa memoria. Aparecieron recuerdos asaltantes que hacía mucho no frecuentaban en mí.

Y la casa de una planta, techos altos, ventanales mugrosos, pastos largos, paredones de ladrillo, me esperaba incitante. Con su portón negro y oxidado entreabierto, cómo invitándome a pasar. A ver si me atrevía.

Frente a ese gran portón, llave en mano, se me escapó una risita nerviosa.

— Decí que vinimos de día, ahora parece inofensiva. Pero se pone brava de noche. — Tomás me observaba interrogante. —Mira qué hace años no pisaba esta calle. Pero todavía me acuerdo…— Lo miré de reojo, y proseguí mi relato—. Cuando era chica pasaba unas noches terribles acá. Estaba segura de que la casa estaba embrujada o algo así.

Se me crispó la voz, e inconscientemente lo busqué con el cuerpo . Él entendió, pasó su brazo por mis hombros y su presencia me calmó los ánimos.

Así, junto a él, estaba decidida a cruzar el umbral. No podía ser tan terrible. Después de todo, era eso, una casa. Solo tenía que buscar unos papeles y listo. Pero un ser fantasmagórico me invadía. Sentía la transpiración goteando en mi nuca, mis rodillas temblaban, mis pisadas avanzaban dubitativas. Respire hondo y abrí la puerta. En el medio, no pude evitar autorregañarme mentalmente por esa reacción aterrorizada y un tanto estúpida, propia de una niña.

No había cambiado mucho, solo se había acumulado el polvo, los muebles mostraban su desvencijada antigüedad, y en vez de la antigua tele de tubos, un plasma decoraba el living principal. La oscuridad y la dejadez, propia de un lugar inhabitado hacía días y descuidado por años, hacían todo aún más lúgubre.

Estaba en ese tanteo, cuando una especie de magnetismo me arrastró a la que había sido mi habitación. Mi cuerpo no pudo detenerse hasta que llegó allí, y mis piernas me arrastraban contra mi voluntad, que aún se encontraba desorientada frente a tantas sensaciones. Tomás me seguía, sin entender mucho.

Me senté en mi cama, me llevé las rodillas al pecho y me abracé. Sin evitar pensar que esa escena ya la había vivido. Al son de ese pensamiento, sentí la humedad en mi rostro. Las lágrimas acariciándome. Tomás volvió a su abrazo protector. Se notaba que no sabía como reaccionar, pero iba a brindarme su compañía, todo lo que necesitaba. Así estábamos, cuando las palabras me rebalsaron:

-Cuando era chiquita ¿viste? Mamá no me creía, pero yo estaba segura de que acá había un fantasma. A veces escuchaba pasos fuertes en el pasillo, otras gritos y llantos que retumbaban en los techos altos, otras golpes. Ese era su anuncio. El fantasma, venía a la noche y se sentaba acá, — le di un golpecito al acolchado — después me ahogaba, me aplastaba, me tapaba los ojos, me tocaba. Yo intentaba gritar, pero no me salía. Y tenía un olor nauseabundo.— Paré a tomar una aire, sentía toda la cara mojada, pero sus brazos y el discurrir de las palabras de alguna extraña forma me tranquilizaban.
— Sé que parece una un cuento, pero te juro que no estoy inventando. Siempre que venía, al otro día me despertaba con el cuerpo dolorido, cansado, agotado. Cuando nos mudamos con mamá, por suerte, nunca más volvió a aparecer. Supongo que vivía en esta casa el fantasma. Pero nunca supe bien…

Diario de dos convivientes, de Argos, perro de Ulises

Odio la arena. Es demasiado fina, escurridiza. O demasiado rugosa y cortante.
Vivo con mi novia, y sucede que, por la mañana, cuando el sol naciente expulsa el frio que nos cubre durante la noche, ella es como la arena: Liviana y casi infinita.

Resulta que, por amor, uno termina adaptandose a los distintos matices de la otra persona. Sean buenos, malos, antipaticos o populares.
Lleva tiempo, eso si, y en el proceso siempre hay fricciones.
Ella es una chica cosmopolita y demasiado optimista. En la ciudad, por ejemplo, va al zoologico todos los martes porque ama a los animales. Yo no puedo dejar de señalarle la contradiccion en ese hecho.
Nuestras discuciones duran apenas segundos, y siempre terminan en risas. Sabemos que no tiene importancia. Cuando entro en panico, ella me pasa la lengua por la cara. Yo le digo que eso lo hacen los perros y que no me gusta. Pero, aun asi, me tranquiliza.
Nuestra relacion peligra cuando hacemos las compras. Ella quiere arvejas enlatadas. Yo odio las cosas enlatadas. Ella quiere pizza congelada. Yo le digo que podriamos cocinar. Ella odia perder el tiempo. Yo podria pasar horas vagando por los pasillos enormes. Ella paga con tarjeta. Yo nunca llevo efectivo. Ella se molesta cuando me paro en el vidrial de la libreria y le pido que me regale uno. Ella me dice que descargue un pdf. Yo le digo que eso es pirateria.

Tenemos muchas cosas en comun: El amor por los waffles, el cafe, el olor de los libros nuevos, las peliculas viejas, la siesta, las cosas de madera, las noches juntos, la brisa nocturna, los museos, los pilares altos, las iglesias antiguas, los edificios nuevos, las escaleras de caracol, los subsuelos, las alfombras, el ingles, los escritorios y las rosas amarillas.

Por lo general la convivencia se hace llevadera. Pero aveces recrudece hasta el punto de romper nuestro equilibrio como pareja. Es entonces cuando nos movemos cautelosos como linces, para no herirnos con garras de indiferencia. Esas noches se rompen las mascaras y lo mas profundo queda a la vista como en un muestrario.
Todo se arregla al dia siguiente. Salimos a caminar por la mañana y nos olvidamos de la vida, y lloramos con el viento en la cara, sintiendonos agradecidos con la Providencia porque nos permitio ser personas dotadas de pensamientos e instintos amorosos, que pueden quererse y odiarse y volver a quererse despues.

Volvemos a casa y la vida sigue.

Ella decide colgar un adorno nuevo. Yo prefiero que sea una planta. Ella acepta, con la condicion de que no sea un cactus. Yo amo los cactus. Ella me dice que soy chinchudo. Yo le digo que entonces ella tambien ama los cactus.

Nos compenetramos de forma adecuada. Ella nunca dijo algo que perturbara nuestra quietud. Yo, me equivoque una sola vez, y pague como es debido. Los dos conocemos muy bien la rutina del otro. Cuando yo escribo, ella solo aparece para traerme una taza de cafe. Mientras ella estudia, yo camino descalzo para no hacer ruido. Y al final de la jornada nos agradecemos la compresion con un beso en la mejilla.

Yo le puedo recriminar que una persona normal no se mueve tanto cuando duerme, o no ensucia veinte platos para hacer un simple desayuno. Ella me puede recriminar que podria tender la cama de vez en cuando, o que uso el mismo cepillo de dientes hace un año. Pero al final, todas las tardes, sentados bajo el sol confortante, llegamos a la conclusion de que somos el espejo del otro. Y entonces nos reimos y nos sonreimos.
Alegres.
En silencio.

Fin

Humo y hueso, de Wordedly

La miro y me encuentro con unos ojos ámbar, tan similares a los míos castaños, pero tan distintos a la vez. Los de ella, brillan, centellean; y cuando la gente le habla, no pueden evitar decirle que son como obsidianas doradas, dadoras de fortuna.

Los míos están decorados por ojeras violetas, cansancio y el sentimiento de no querer abrirlos más.
Ella, también, tiene una sonrisa maravillosa. Una sonrisa cambia-mundos, de dientes blancos y hoyuelos. Una de esas que te invitan a sentarte un día de invierno para conversar en el patio del colegio, aunque no puedas mover los dedos por culpa del frío.

Yo, a veces, puedo sonreír. Aunque me sale mirando hacia el piso, que es más amigo mío que mi propia sombra. La gente no se sienta a mi lado en el colegio, y el invierno se siente duro porque la única respuesta que consigo es la del viento.

Mis papás la aman y la miran con orgullo. A mí, papá ya no me mira; porque si lo hace, los ojos se le tiñen de tristeza, y creo que lo trata de evitar. Y mamá, por su parte, me mira con tanta fuerza y pena que yo sólo puedo derretirme para transformarme en un charco de lágrimas. También hay otros días en los que me transformo en un pájaro negro, avergonzada, similar a un cuervo para tratar de irme volando.

Mamá dice que yo podría ser mejor. No mejor que —ella—, pero al menos un poco más acomodada. Un poco más linda, un poco más ordenada.

Y yo estoy de acuerdo, no porque crea que podría ser mejor sino porque al menos debería intentarlo. Ella es bastante parecida a mí, al fin y al cabo.

Ella lee y yo leo.

Ella escribe y yo escribo.

A ella le gustan los chicos con olor a playa y limonada, y a mí me gustan las noches en la parte de atrás de la camioneta de papá, esas noches cálidas donde las estrellas pintan todo el Edén y un poco más.

Las dos amamos cosas que vienen del verano, supongo.

Ella y yo estamos en el mismo cielo, pero ella es sol, y yo luna. Ella brilla sola y yo deseo que me miren.
Su figura es humo y música mientras que yo soy silencio y hueso.

Es inalcanzable, pero a veces la puedo tocar —si no me da miedo—.

Pero cuando la toco, la burbuja explota y su piel de porcelana fría me recuerda que ella es todo lo que que yo quiero ser, pero que no soy. Y su piel contra las yemas de mis dedos, me congela. Y me rompe. Y me grita. En mis sueños (pesadillas) la magia se le desprende por los poros, y ella no conoce la envidia porque es todo aquello que la gente desea tener y ser. Cuando me acuesto y me miro las piernas, enormes, me la imagino dadora de palabras de amor y abrazos tibios como el otoño. Pero no puedo pedirle palabras de consuelo, porque ella no tiene guardadas ese tipo de cosas para mí.

Ella, cuando me mira, no me mira como mira a los demás. Me mira con sorna, y yo a ella con admiración. Me mira con desprecio, con asco. Y yo buscando su aprobación.

Ella no me lastima como tal, porque yo ya lo hago en su nombre. Porque sus manos de humo están atrapadas en vidrio.

Consigo dejar de mirarla, y sus ojos ámbar vuelven a ser los míos, las ojeras debajo de sus —mis— ojos me recuerdan que ella no existe, es sólo un reflejo. Y ahí es cuando, finalmente, me aparto del espejo.

Más allá del infinito, de Antonella Carusi

Llevaba dos horas sentada en frente de la pileta, en la parte honda, con sus rodillas flexionadas, cavilando sobre lo que esperaba encontrar cuando todo sucediera. Se había colgado de los brazos y piernas dos bolsas con dos kilos de arena cada una, por lo que le pesaban las extremidades al estar de pie. El agua estaba calma y le daba pena turbarla, el cloro parecía estar en la atmósfera, y el sol del mediodía le hacía picar la piel de la espalda.
Siempre le fascinó el concepto de lo infinito. Le gustaba sentir ese abatatamiento cuando intentaba imaginar qué había más allá de lo finito.
A los trece su madre le regaló un libro que contenía un cuento sobre astronautas. Los protagonistas construían una nave espacial con los cartones de leche y encontraban un hogar en otro planeta. Al llegar, los extraterrestres creían que venían del infinito. Ese infinito era, justamente, la finitud de los viajeros.
No era que quisiera viajar al espacio, pero ese concepto la hizo sentir segura de algo: no quería verse encuadrada por las posibilidades que le da su cuerpo. Le abrió la mente y al mismo tiempo la hizo sentir tan limitada que se pasó su vida encerrada en ese desesperante sentimiento. O por lo menos hasta la muerte de su madre.
Una brisa la estremeció y despertó de sus pensamientos. Las copas de los árboles del vecino eran todo el paisaje natural cercano y se movían con vertiginosa lentitud.
Se dejó de rodear las piernas con sus brazos y volvió a chequear que los nudos estuvieran bien hechos. Cuando se inclinó y las bolsas le pesaron en sus brazos, se le escapó una sonrisa.
Respiró hondo y pensó en su madre. Cada vez se convencía más de que era posible; en algún lugar más allá de lo finito tenía que encontrarla.
Bajó sus pies al agua e irguió su espalda por el hormigueo que recorrió sus extremidades; estaba fría.
Las bolsas de arena estaban en el borde del cemento. Si movía un poco de más sus pies se caería de una vez por todas. Y entonces lo hizo; de un saltito despegó su cola, se raspó un poco y cayó.
El frío repentino del agua le envolvió el cuerpo como si lo hubiera estado esperando. Las burbujas de su zambullida se reventaban en cosquillas, al mismo tiempo que sus extremidades eran llevadas al fondo.
Abrió los ojos y miró cuando las bolsas tocaron la cerámica. Formaba tal curva con su cuerpo que casi podía sostener sus tobillos con sus manos. Giró la cabeza para ver arriba; la luz del sol se perdía con el celeste a través del agua.
Intentó levantar sus brazos. Lo logró por unos segundos, pero la arena volvió a tirarla abajo.
Sintió el aire contenido empujar en su nariz para poder salir. Una sensación de angustia se abultó en su garganta y la odió. Estaba funcionando. Iba a morir, pero ¿por qué su instinto humano no podía estar en paz con su voluntad de ello?
Lo intentó de nuevo. El ardor en sus muñecas la llevó a abrir la boca y el agua entró sin paciencia. Lloró y tosió de dolor cuando su tráquea y orificios nasales se vieron abusados.
Sintió la fogata en su pecho como si fuera la leña y el fuego tuviera la misión de consumir cada partícula de ella, comenzando por sus pulmones. Cuando pensó que nunca terminaría, una sensación de sosiego le agobió los pensamientos y se hundió en la oscuridad.

Se sorprendió al abrir los ojos y encontrarse aún atada al fondo. Miró a los costados sintiendo su corazón queriendo escapar; seguía estando prisionera en su cuerpo, pero algo había cambiado. Se sentía más liviana. Se desató las cuerdas con cuidado, aún sentía molestias en sus muñecas, e inhaló hondo; el estupor de respirar debajo del agua la paralizó unos segundos mientras la corriente paseaba sobre sus mejillas. Si había muerto, no se sentía muerta.
La desesperación la impulsó fuera con destacable facilidad, y se percató que, en realidad, el control de su cuerpo había cambiado; sus capacidades se habían potenciado.
Salió a la superficie y un paisaje verde deslumbró sus ojos. Plantas de diversos tamaños y colores decoraban su vista, algunos pájaros descansaban en las ramas de los árboles que rodeaban la pileta y el aroma a pasto mojado le provocó tal satisfacción que le arrancó una carcajada.
Se trepó al cemento y estiró su brazo. Al tocar el árbol más cercano se dio cuenta de que en realidad no estaba mojada, y al levantar la vista, la vio.
Su madre se encontraba de pie entre los dos árboles más grandes y le sonreía desde lejos.
Había muerto, pero ella se sentía más viva que nunca.

Matar a Baltasar, de Magime

Bienvenidos, vayan tomando asiento. Ahí voy.

Me llevó bastantes semanas decidir que iba a matar a Baltasar. A esta altura sabrán que deja una viuda, alguien más lo extrañará, intentaré ahorrarme detalles del modus operandi por ahora para no spoilear. Además, daré una vuelta de tuerca, me voy a unir a la camada de los que payan un poquitín cuando tienen que hablar en público. Baltasar es digno de la vida eterna pero yo lo voy a matar igual. ¿Ta?

Baltasar es la víctima perfecta. Esa es mi resolución. Su desaparición física a los 30 y pocos los dejará anonadados y deseosos de olvidar las penas al salir de acá. Medio contentos se congregarán en el bar y de allí, todos a llorar. ¿Qué mejor plan?

Ayer a las 14:35 Lucas -que está por ahí en el fondo-me trajo un álbum de fotos del 2003. Baltasar sonríe con todos los dientes en cada una de las fotografías, ¡un dulce! En cuclillas, recostado, dormitando, deambulando e incluso dando clase en el observatorio: siempre con la sonrisa de oreja a oreja. ¿A caso se puede ser más entrañable?

Hasta la hippie de acá a la vuelta lo quiere para ella. Sí, así nomás, no se rían. Se pasa soltando suspiros y exclamando "ay, Balsa es un ser de luz" o "ay, qué grande, el Balsa". No puedo creer que le diga 'Balsa'; es alucinante. Pero no tan tremendo como la administradora del grupo de coach al que va la del 405: "ay, Balti es un crá". "Un crá". Evidentemente la admiración venció prototipos, ¿podríamos decir también que Baltasar vence fronteras? Eso lo haría una víctima ideal, ¿verdad?

Baltasar es atemporal, tal es su magia. Sueno medio cursi, lo sé, estimados. Pero un tipo que ha sido querido por grandes y chicos más allá de modas y delirios se merece tal calificativo. ¿Cómo queda poner un cartelazo con la inscripción con epíteto para la siguiente vez en cartelera? Algo así como, "Baltasar el Atemporal". ¿Muy marketinero o normalito?

Ah, no sé qué más, tírenme ideas mientras esperamos a los retrasados. Estoy a mitad de camino de lo que me pidieron. Capaz con sus propuestas tiro un ratito mientras llega la parentela faltante, se acercan los cercanos, aparece la prima del mejor amigo, la tallerista, el almacenero y la psicoanalista que se cuela de refilón. Todos, uno a uno, toman su lugar en las gradas. Todos vistiendo de negro incluso mis padres (y no de rojo ni bailando plena), y por pensar siempre en lo peor aparecen todos amargados. Como cuando no quedan más bizcochos y te quedaste sin agua para el mate. Bueno capaz así no, justo así no.

Se me ocurre hablar de Baltasar per se. Cuando ideaba este discursito pensé en poner unos segundos para los aplausos, porque yo nunca vi en una situación así que alguien se ponga a tirar ex profeso locuciones de una lengua muerta. Pero más allá de lo absurdo del asunto de que me maten la lengua, literalmente pienso en hablar de él como sujeto con vitalidad. Un loco de una generación muy activa académicamente que desde cualquier punto de vista es sociable (¿o era?), espontáneo y ubicado a la vez. Epa, se me ocurrió algo más; ¿sale análisis FODA del sujeto en cuestión? Eso sería un buen punto a desarrollar in extremis (más aplausos, señores). Capaz si hago una presentación de diapositivas quede redondito para mostrar a los espectadores la próxima (¿es esto un espectáculo taquillero?) Con colores y transiciones saladas, seguramente tenga mayor calidad, ¿no? -Déjenme tomar aire con el punto y aparte acá.-

Me permito algo esquemático, punteo nomás. En fortalezas: sociabilidad, apertura, espontaneidad, sentido común. Sección Oportunidades: barrio muy chusma que le permitió darse a conocer, campeonatos de matemática, vivir al lado del observatorio. Apartado de Debilidades: ser el tipo más piola del mundo=poca discreción. Y la más linda: amenazas: ser el tipo más piola del mundo lo que es un agravante a la hora de la elección de víctimas, que lo conduce hasta a mí. Hasta a mí en el día de hoy, 18 de agosto de 2021 precisamente, día en el que tomo la decisión y me paro acá para matar a Baltasar.

Parece que ya estamos todos. Voy a matar a Baltasar. Ya está. Manténganse en sus asientos asignados y no se quiten el tapabocas en ningún momento de la función. Trasmitan condolencias post mortem, no se adelanten por favor. Disfruten del homenaje a este gran tipo. Si ya estamos prontos, ¡hagan mutis por favor!

Padre nuestro, ¿que estás en el cielo?, de La "hecha" muda

Dió el último sorbo del resto de la mañana ocupando la boca en un padre nuestro mecánico. Lo masticaba con compromiso pastoso, como si le adormeciera la lengua; boca y mandíbula acomodándose y encontrando valor en el ida y vuelta de esa repetición azarosa, ahora despojada de valor y desinflada como un globo pinchado.
La costumbre suya de leer el diario era un hábito adquirido de su padre y de su abuelo, ambos hombres erguidos, patriotas, con las manos callosas por los años de codearse con la cal. Yemas ideales para agarrar las hojas, porque la aspereza los hacia imprimir una velocidad, saltando de palabra en palabra, que no había visto nunca en nadie más.

Por ello es que leía esa mañana, con el chicle del sopor pegándosele a las encías y trabucando las palabras, en voz baja, apenas abriendo los labios. Leía, cuando una noticia tras la primera página la hizo paladear el gustito de la sangre en la punta de la lengua, sangre tan pura, bombeada directamente desde el corazón con tenor de catástrofe.

La marca de los dientes en la lengua había empezado a dolerle cuando leyó por segunda vez, ansiosa de encontrar erróneo su primer vistazo, atropellando una letra tras la otra con desesperación: “Trasladaron a la cárcel a la ex-superiora del convento de Carmelitas Descalzas de Nogoyá condenada por maltrato".

Lo que viene luego es un error. Son los más dolorosos recuerdos los que aparecen sin piedades y sin que los llamen, evocando un dolor sombrío como misa de domingo, abriéndose en una procesión ininterrumpida de horrores.

Todo empezó hace mucho, con fe heredada más allá de la ramificación de la sangre, ese efecto de aguarrás que hacen en ella los años y la cópula destinada meramente a la procreación, y un asombro infantil por las cúpulas cóncavas, ni tan ostentosas u altas como otras, pero dedicadas a la exhibición de vitrales santificados en las capillitas del barrio.

Siguió con cierta predilección por las misas y el rezo habitual, costumbres más normales, si se quiere, pero de gran importancia en la vida familiar. Quizás era porque, en paralelo, papá se moría, que sufrimos esa inclinación por los milagros de la fe, como otros acuden a tomar caña con ruda o lastimarse las rodillas.
Para ese entonces, rezábamos religiosamente, día, tarde y noche. Finalmente, a los siete, en el peor estadío de la salud de papá, mis dos hermanas y yo terminamos bajo la tutela de un colegio de monjas, con tres becas completas y dos mudas de ropa además de lo puesto.

Es de no creer que ni siquiera la inocencia de la infancia nos haya salvado, capaces de almacenar cada tortura en su correspondiente archivo, para tomarla luego cuando fuera necesario y retorcerla como a un trapo viejo. Quisimos convencernos de que lo merecíamos todo, el sufrimiento del rezo matutino, arrodilladas sobre una montañita de granos de arroz; la sensación de estar por desvanecerse del sueño y sentir que te pegan pestaña contra párpado, para evitar que cierres los ojos del cansancio durante la última misa de la noche; la hipotermia prematura, tan incrustada, cuestionando lo óseo y ese tono azulado que tomaba la piel junto con el tiritar errático, cuando nos hacían bañarnos con agua fría en las casillas de afuera del convento, sobre todo en los meses de invierno, porque creían que no habíamos dicho la verdad y engendrábamos el pecado.

Bajo esos cielos, nos acostábamos con miedo de despertar a la mañana siguiente en un infierno incluso peor a ese por desagradecidas. Infierno moldeable y perturbador donde las chicas desobedientes rezan sobre llamaradas directas, carbonizándose las rodillas, y el silencio conventual solo muere de a ratos, en gritos y lamentos. Esas noches, dormíamos siempre agarraditas de la mano, deseando ser otras.

Las paredes del convento parecían más altas e imponentes ese día que nos fuimos, también agarraditas de la mano, mientras pudimos, temblando de miedo y de frío, porque el hábito era la piel y tenía rasgaduras grotescas que dejaban entrar el viento y porque el sol también estaba distinto, oculto entre los nubarrones que serían nuestro penúltimo castigo.

Habíamos sacado coraje de un versículo la noche anterior, escuchando a la Madre Genoveva recitarlo con soltura y limpiarse las manos con el jabón en pan que después volvía a secar, para rozarnos las plantas de los pies y dejarlas a carne viva. No sé bien por qué nos fuimos, si tampoco teníamos claro a dónde ir. Quizás era porque papá ya se había muerto y habíamos dejado de creer en Dios.

ST, de Perrísima de Limón

- ¿Cuánto falta para llegar?

Había pasto, mucho, cientos de hectáreas, vacas, de vez en cuando algún caballo de pelaje descuidado que les llamaba la atención, y después mas pasto, más vacas. Un hedor nauseabundo había llenado el auto, que encima era una caldera, y los descomponía. Otros autos tenían reproductores portátiles o estéreos con bluetooth, en el suyo solo escuchaban música vieja y aburrida, que no conocía y estaba en inglés, no la podía cantar.

Si no le diera asco tener todos los pelos empapados de sudor pegados a la cara y los cachetes colorados, se hubiera acostado a dormir como su hermano. Pero ella no podía, cerraba los ojos y con el sol de frente los parpados le ardían.
Ya habían hablado mucho las primeras dos horas de viaje, ahora cada uno venia callado y concentrado en lo suyo. Tenía que encontrar una tarea para ocuparse, buscar matriculas graciosas, ver cuál era el color auto más repetido o el más raro, saludar a los que veía pasar por su ventanilla con la mano.

- Me hago pis.
- Bueno gordita, cuando vea una estación de servicio paramos. - Pero me hago pis ahora

- Aguantate. No queda otra - Su hermano era un malhumorado. Siempre que saltaba era para retarla, para hacerla sentir infantil.

Siempre les tocaba volver el día más lindo, el más caluroso. Ayer a esa hora estaban en la playa buscando un churrero al que comprarle. La atacó el hambre.
Se tapó la cabeza con la campera. Que calor, era imposible descansar. Se giró para el lado de su hermano, dándole la espalda a la ventanilla. Cada vez que volvía a abrir los ojos veía, por unos instantes, todo en blanco y negro.

No sabía cómo acomodar las piernas dormidas. Las puso al costado del asiento, pero se sentía muy torcida, las cruzo para un lado, después en sentido contrario, derechas eran incomodas, las apoyo en el asiento de adelante.

- No me patees que no vamos a llegar más rápido - dijo la madre sacudiendo la cabeza platinada.

Las bajó. Se sacó los zapatos para no manchar el tapizado, se sentó como indio.
Mirar las ruedas en el asfalto hacia que todo le diera vueltas. Se puso pálida. Reunió todas las botellas del auto para tirarlas cuando bajen. Contó todas las monedas que había sueltas en el hueco de la puerta. Se guardó algunas, nunca las usaban. Encontró un caramelo abajo del asiento ¿Cuánto faltaba? Podía que pedir un reloj para reyes, le vendría bien uno.

Pasto. Vacas. Arboles. Que aburrido, pobres los que trabajan ahí ¿También vivirán ahí? ¿Cuántas veces por día bañaran a las vacas? ¿O por semana? ¿Qué cosas hacen todo el día? Un día voy a aprender a usar un tractor, pensó. Eso sí que le gustaría. Les marcó todos los radares de velocidad. También las señales de tránsito.

- Más despacio que acá es máximo cuarenta
Y después
- El auto gris te está tratando de pasar ¿Qué no ves papa?

Peaje. Cámaras. Un auto en la banquina. Arboleda. Puente. Una chica vomitando al costado del camino. Policías. Pasto. Chau vaquitas. Un pony. Se puso a jugar con las manos.

- Arrímate acá que esta la estación del ACA. Bajemos todos que de paso estiramos las patas y podemos ir al parador a comer los sanguchitos, todavía nos queda un tramo largo.

Loli salió corriendo al baño. Mientras su mamá recargaba el termo con agua caliente y su papá despertaba a su hermano. Le dijeron que cuando ella volviera iban a ir los chicos, más tarde se reunirían todos en las mesas.
Por suerte no tuvo que hacer fila esta vez. Cuando salió vio a través del vidrio la comida del mostrador de la cafetería. Pensaba pedirles un Push Pop.

Dio la vuelta y vio que el auto estaba estacionado del otro lado. Seguro habían ido a cargar nafta cuando la esperaban. Le abrieron la puerta, parecían apurados. Entró y antes de que llegara a ponerse el cinturón (o a pedir el chupetín), el auto arrancó.
Su hermano no estaba. Tenía el asiento de atrás para ella sola. Miró la cabeza rubia del asiento de adelante.

- ¿Mamá te cambiaste de ropa? ¿Por qué?

ST, de Con amistad y tinta

Manteca 50 g.
Agua 1l.
Harina 10 g.
Queso rallado 100 g. Cebollas 4
Vino blanco 250 ml.
Chorro de aceite

Es la cuarta vez que paso por la heladera en la última hora. Abro la puerta, me fijo si en el último tiempo algo cambió, busco en mí algún indicio de hambre, y sin nada en las manos cierro la puerta con resignación, hasta que con un pequeño rayo de entusiasmo veo la receta de Jenny, y pienso que no todo está perdido. Luego me atasco, al recordar los platos sucios y las fuentes, el agua, el piso mojado y todo ese embrollo cuántico de la vida, la cocina y su física irremediable. De todas formas, levanto el imán de Mar del Plata que me trajo mi tía, y agarro el papel fijado en el freezer. Me dispongo a leer las instrucciones en la mesita cuadrada que da a la ventana, perfecta para mí, o para mí y mi actual peoresnada.

Con tantos meses encerrada, los instantes previos a convertir el tiempo en algo más me emocionan pese a la rutina. Si no hay mucho que hacer, juego al riesgoso deporte de pensar qué tan malo podría ser lo que está por venir. Es entonces que aparece mi vino, las recetas del freezer y el cigarrillo que acompaña la búsqueda de algún alma cibernética con la que compartir la angustia. Cuando nadie responde, cuando el vino se acaba y el deseo también, doy el día por terminado aunque sean las dos de la tarde, y aunque sepa de sobra lo peligroso que resulta cerrar las persianas tan temprano.

Pero ahora no quiero pensar; voy a hacer la sopa, y si me quedan ganas hago galletitas para los nenes del quinto B, a los que el otro día vi llorosos por encima del barbijo.

Pelo la cebolla. Aprovecho y lloro. No soy vieja, dentro de todo soy una mina joven, apenas una adulta. Entre las lágrimas, los mocos, y la baba ácida de la cebolla que me quema los ojos, se me viene la imagen de Candelita.
No quiero pensar en lo sola que estoy. De haber mantenido contacto con las pibas del profesorado quizás hoy compartiría el dos ambientes con Melina, que aunque parecía bastante superficial, podría haber sido regia en la intimidad. En fin, nunca lo sabré. Candelita se murió, pero yo todavía no soy vieja.

Prendo la hornalla. Joaquín debe estar con otra mina. No me interesa. Nunca me dijo "te amo". Es algo que aprendí hace mucho, con Matías lo aprendí. Si a esta altura del partido no dijo “te amo”, perdiste. Mejor despreocuparse, que fluya. Soy una mina joven.

Manteca. Claro que Franco nunca me dijo "te amo", apenas un te quiero, y eso cuando estaba tomado. Pero eso fue distinto. Si Franco no fue sincero, nunca voy a poder estar segura de nada, estaría perdida. Si Franco me mintió, estoy perdida.

Harina. Hace meses que no tengo hambre. Pienso en Candelita, flaca, morena, ojos chinos. Ella siempre tenía hambre. En los recreos, yo iba al quiosco y compraba un paquete de galletitas sólo para compartirle a ella, que me miraba con unas ganas que me partían el corazón. Cuando me cambié al Nacional, quedó embarazada. Me enteré años después, a través de la vecina que iba la Media N°3, y me mostró una foto de la beba. De ella no. Nunca volví a ver a Candelita. Mi último recuerdo suyo es en el estanque de la colonia, ella con las piernas largas y bronceadas colgando del borde de la fuente, un asomo de busto bajo la enteriza, la cintura pequeña, y los pelos largos y mojados en una cortina opacada por el agua. Una india hermosa. Yo, a los trece, la admiraba, y me sentía un rectángulo pálido y amorfo al lado de su cuerpo ya desarrollado. Flaca, muy flaca. Era dos meses más chica que yo.

No soy vieja, tengo tiempo todavía.
Debería cambiar la bacha del baño.
¿Y si cuando todo esto termine me voy al Sur?
¿Y si vuelvo a escribir?
No quiero dar más clases. Odio mi trabajo. Pero tengo tiempo, soy joven todavía. Puedo elegir otra cosa. Aprender.

Caldo. Candelita murió de Covid. Tenía cáncer y estaba en tratamiento de quimioterapia. No puedo imaginarla sin pelo, con un pelo falso de muñeca. No puedo escribir siquiera sobre su cuerpo tieso y perfecto, las manos apiladas sobre el pecho, su pelo como una pelusa. Me dijeron que después de su embarazo había engordado, pero Candelita era flaca y eso no me lo cambia nadie. Candelita niña, coqueta. Eso sí. Candelita inocente, golosa. Eso sí. Pero Candela embarazada, frustrada con la matemática del profesor Santoro y con un bebé en brazos, no puede existir en mi mundo.

Candelita muerta. Me sirvo la sopa. No todo está perdido, soy una mina joven.
Mientras tomo la sopa, aparto todos los desastres del mundo, y escribo sobre ella.

Su doliente, de Lana

Él corre lento, yo soy rápida. Los fines de semana de verano comíamos afuera en una mesa de plástico blanca y mientras papá traía las fuentes de comida yo le pedía que me atrapara y me largaba a correr en zig-zag por el patio. Él intentaba, pero yo lograba esquivarlo y marearlo cada vez. Entonces me gritaba que parara. Yo lo miraba recuperar el aire a unos metros de mí, agachado, con las manos en las rodillas. Después abría los brazos, yo iba hasta él y me alzaba. Él tiene los brazos muy flacos, pero es fuerte, yo lo parezco más de lo que soy. Él se agitaba rápido porque fumaba mucho. Fuma mucho. Me llevaba a la mesa y yo sentía el olor del humo pegado en sus suéters, que entonces, para mí, no era olor a cigarrillo, sino olor a él. Mamá se quejaba cada vez que entraba a su cuarto a buscar la ropa sucia.

Él ama conocer gente, yo no. Le gusta escucharlas, preguntarles sobre sus vidas. Sabe saludar como a la gente le gusta ser saludada. Cuando me iba a buscar al colegio o me llevaba a fiestas de cumpleaños, siempre se hacía amigo de algún padre o madre, que después me preguntaba por él y me decía “qué tipo macanudo” o “qué personaje” o “qué chico divino''. Él despierta interés de muchos tipos, de muchas personas, yo tengo un número más reducido de amigos. La hermana mayor de mi compañera de banco me preguntaba cómo andaba él cada vez que la veía y cuando le contestaba se reía.

Él sabe un poco de muchas cosas y cree nunca saber lo suficiente, yo me especializo en ciertos saberes y dejo de lado todo lo otro. Él estudiaba por las noches, nunca supe muy bien qué, pero lo veía por la puerta entreabierta de su cuarto, encorvado sobre el escritorio, con la luz débil de un velador iluminando apuntes ilegibles. Él tiene una letra desprolija, yo me esforcé especialmente en que sea linda. Él compraba muchos libros usados. Lo veía empezarlos sentado al lado de la ventana del living y al mediodía siguiente, cuando él se despertaba y yo ya había vuelto de la escuela, le preguntaba si le habían gustado. Él tiraba críticas concisas, pero completas. Los finales de todos los libros le parecían mediocres. Los dejaba tirados en el piso. Su cuarto era un desastre.

Él era el descarrilado, yo era su doliente asignada. Papá gritaba en la cocina, mamá daba discursos susurrando en el patio. Él me había leído un poema que decía que algunas palabras que agujereaban la piel como tornos y te dejaban deshecho, yo tenía miedo de que una mañana me despertara y lo encontrara lleno de huecos. Irresponsable. Mal ejemplo. Egoísta. A veces en la lista conocida de reclamos se escurría un “lo que pasó” venenoso y sutil, como una bala mal direccionada. Ellos le decían que yo estaba triste y que me iba a afectar convivir con alguien así, yo los escuchaba sin que se dieran cuenta, apretada contra la pared y la puerta del pasillo, preparada para deslizarme a mi cuarto apenas se quedaran en silencio. Él pegaba gritos, salía de casa pegando portazos, volvía de madrugada y se chocaba con los muebles, hablaba sin sentidos. Él era el pecador, yo era su culpa.

Él tenía el cuarto más grande, yo lo heredé por obligación a la semana de que se fuera. Se había llevado los libros del piso y me había dejado los de la biblioteca. Puso al revés, con el lomo apoyado contra la pared, los que no me recomendaba leer. Me lo había explicado cuando entró a mi cuarto de repente, apurado, y me dio un beso en la cabeza mientras me prometía que el domingo siguiente me iba a buscar para salir a caminar. Eran las siete de la tarde de un día de verano y el cielo estaba rosa. Lo vi caminar por la vereda desde la ventana de mi cuarto, hasta que dobló en la esquina y desapareció. El domingo vino.

Él deja abiertas todas las ventanas de su casa, todo el tiempo, a mí me da frío. Él me trae frazadas y me presta buzos. Dice que el aire de una casa cerrada no es un buen aire. Sólo me invita a mí y cuando vuelvo mamá me pregunta por él, pero nunca me dice nada sobre lo que le cuento. De todas formas no hacemos mucho. Comemos, vemos series, le ordeno el armario mientras me habla de su trabajo. A veces salimos a almorzar a una pizzería que queda cerca. Los mozos son formales y canosos. A mí me dicen joven o señorita, él se dejó la barba y ahora lo tratan de señor.