Textos finalistas – Categoría adolescentes (IV)

Primer puesto - El trinar de los horneros, de Lara Ubierna

Cocinás los cubitos de manzana con azúcar, manteca y una pizca de canela. Hay que revolver de a ratos, pero no te movés de la cacerola y dejás que el vapor dulce te humedezca la cara. Más allá del burbujeo de las manzanas, el trinar de los horneros y la canilla que cada tanto abrís para enjuagarte los dedos, la casa está callada; no se escucha la silla de mimbre rechinar, la tele murmurando bajito, el crujir de las hojas de diario, que van pasando desinteresadas apenas deteniéndose en la sección de deportes. Hoy estás sola. Y tampoco se escuchan los silencios: esos suspiros incesables, las conversaciones inconclusas, el alivio de poder abandonar las sonrisas forzadas cuando por fin llega la noche y lo único por hacer es echarse en la cama, cerrar los ojos y cerrar la boca, que ya es tiempo de dormir.

A la mañana, Lucas te ofreció acompañarlo a la oficina para que no te quedaras sola de nuevo; es el segundo día que sale a trabajar desde el último mes, y parece ser que ayer, la primera vez que te deja sola, te notó rara. Se dio cuenta de que no hiciste la cama en todo el día y de que no abriste las persianas, que solo tomaste café y que no retomaste el libro que habías empezado a leer al final del último trimestre ̶ el señalador seguía puesto en la misma página. Pero aunque te insistió mientras cenaban y te volvió a insistir cuando apagaron la luz del velador, y te despertó para insistirte nuevamente a las seis y media de la mañana, vestido de traje y con olor al perfume Polo que hacía tiempo no le notabas, no quisiste ir. Estoy bien, le dijiste acomodando la almohada. ¿Me prometés que hoy vas a hacer algo? Cocinar, escribir, regar las plantas, algo, linda. Sí, le dijiste.

Los cubitos de manzana ya están casi transparentes y apagás el fuego. A Lucas le encanta la torta de manzana; es la misma receta que horneaba tu abuela cuando eras chiquita. La hoja donde está esa torta es la más curtida, salpicada en almíbar y pegoteada con huellitas de manteca. Después de tantas veces de preparársela a Lucas, ya te sabés de memoria.

Es el único gesto de amor que por el momento podés ofrecerle: una torta de manzana tibia, concebida por tus propias manos. Todavía no podés devolverle las caricias sugestivas que te confiere después de dar varias vueltas en la cama, o los besos que te planta en el cuello cuando te abraza por detrás, mientras te lavás los dientes frente al espejo y lo ves, deseándote con esos ojos grandes, hasta que enderezás los hombros y él entiende, él te deja tranquila en el baño. Esto es lo único que podés ofrecerle. Es lo único que podés engendrar.

Estirás la masa en el molde rizado y volcás el relleno de cubitos almibarados, brillando con la luz del sol que se cuela por la ventana sin maceta. Tuviste que tirar las margaritas amarillas que antes decoraban los alféizares porque se te secaron todas. Lucas no sabe nada de plantas y vos, bueno, vos tenías la cabeza en otra parte. Ahora, el nido de horneros es lo único que adorna el frente de la casa. Cubrís las manzanas con el crumble y llevás la torta al horno.

Hay que dejarla dorar unos diez minutos, pero no te movés del cristal que guarece tu obra en proceso; la observás fijamente crecer bajo las luces áureas del horno, próspera, en camino. Lucas llega dentro de una hora, más o menos. Casi que sentís algo lindo: querés sorprenderlo. Por un segundo, desatendés la torta en el horno y mirás hacia el exterior de la ventana, como si el mero hecho de contemplar la cochera fuese capaz de regresarlo a casa antes de tiempo.

Y algo cae justo frente a tu mirada, una sombrita, como un fruto desprendido. Pestañeás varias veces, pero sabés que viste algo caer. Salís al jardín, frotándote las manos por un frío repentino.

Aún parada frente a la puerta, lo reconocés tumbado en el suelo. No te animás a acercarte. Levantás la vista y te fijás en el nido de barro montado sobre el alféizar de tu habitación, pero solo ves una cuevita.

oscura, solitaria. Nadie se asoma, nadie gorjea. Te acercás dando pasos cortos, pasos lentos, pero no está tan lejos, y pronto, demasiado pronto, llegás. Frente a tus pies reposa un pichón de hornero, muerto, rosado, sin plumas. Los párpados grises son como dos bolitas hinchadas. Tiene el pico abierto, las alas dobladas, la piel de gallina. Lo mirás con las manos abiertas, petrificadas, como si se te hubiera caído un plato. Se te tuercen las piernas y caés al suelo de rodillas, llorando frente al feto sin vida.

Adentro, la torta se te quema.

Segundo puesto - Los ángeles oscuros de la pintura en aerosol, de Francisca Fantini

Nos sentábamos en el último escalón de las gradas de la cancha de fútbol cubierta. Debajo nuestro, los escalones de cemento pintado de verde inglés parecían inmensos. La luz entraba irreal por los paneles de plástico amarillentos del techo, una luz vibrante y sucia, incómoda, que hacía destellar las motas de polvo del aire. Todos los colores del club eran verdosos o grisáceos, excepto por la montaña de pecheras naranja flúo que hacían equilibrio encima de tus piernas dobladas. Yo evitaba mirarte (todavía no me había dado el permiso) y me concentraba en la pelota que rodaba de un lado al otro sobre el pasto sintético. Cuando la pelota chocaba contra la reja de alambre porque un gol había sido errado, el estruendo nos hacía callar por un segundo, como si estuviéramos mostrándole nuestro respeto al fallo.

¿Te acordás del día que vimos peces en el lago artificial del parque? Eran peces largos y grises, que giraban en círculos y se acercaban mucho a la superficie. Nadaban entre chapitas de botellas, latas arrugadas, papeles metálicos de chocolatines, piedras marrones lisas y redondas. Vos me señalaste uno que estaba apartado del resto y se movía lento en línea recta. Te dio pena, a mí no. Nuestros codos se chocaban. A las dos nos sorprendió que el agua estuviera tan transparente, tan obscena.

A veces cuando te llamo ruego en silencio que no me contestes. El pitido largo y agudo del tono de la llamada parece inyectarse en mis tímpanos y pienso que así debe ser el sonido de la amenaza. Cuando mis deseos se hacen realidad y no atendés, me agarra una tristeza terrible . Me enoja ponerme triste porque eso prueba que tenés razón, que no sé qué quiero y me arrepiento de cualquier cosa que hago.

Siempre salimos desabrigadas. Nos tiemblan las piernas apretadas en las medias de nylon mientras esperamos en la esquina a que lleguen los amigos de Ramiro o de Luna o de Pilar, no importa de quién. Nos separamos un poco del resto, vos te apoyás en la persiana metálica de un local cerrado. Con las plataformas puestas sos casi tan alta como yo. Me gusta mirarte a los ojos desde ángulos distintos. Me gusta además cómo te maquillás, las sombras metálicas te quedan muy lindas. Las noches que salimos, por lo general, el cielo está negro y liso. La noche me marea y no me queda muy clara la profundidad de las cosas. Tu mano encastra bien en mi cara. El ala enorme y rota grafiteada en la persiana, a tu derecha, también encastra bien en tu costillas. Pienso en la nota que me pasaste la semana pasada, sobre un grupo de artistas callejeros que hace graffitis en alturas insólitas. El titular los llamaba "Los ángeles oscuros de la pintura en aerosol".

No te lo dije, pero no me gusta el nuevo perfume que te compraste. Me parece muy acaramelado. Prefiero el de siempre, que es más relajado, amoroso, divertido, atento. No sé mucho cómo explicar los olores igual.

Anteayer te esperé por una hora y media sentada en un banco de cemento. Miré a los nenes pasear de la mano de sus mamás, a los perros correr y chumbarse entre ellos, a un viejo llorar, al cielo condensarse en una sola nube espesa y negra. Justo después de haber escuchado tu audio, tu disculpa ronca y desorientada, la nube estalló. Corrí buscando un techo, pasó un taxi y me salpicó agua en las zapatillas. Pensé que hasta tu manera de regular la crueldad tiene algo de cliché.

Me habías dicho que era tan linda que no lo aguantabas, que me querías tanto que no lo aguantabas. Te acercaste. Fue como si hubieras roto los vidrios de una ventana, las paredes, mis huesos, la taza del día de la madre que no le gustó a tu mamá sobre la mesada. Quedamos a la intemperie, bañadas por un aire veraniego y sedoso. Tus brazos me rodearon, articulados en un espiral pálido de la ternura.

De ese día recuerdo perfectamente la silueta oscura de nuestros vestidos enredados en la silla de oficina de tu cuarto. Me desperté en medio de la noche por una pesadilla. Me costó recordar que me había quedado a dormir en tu casa hasta que me di cuenta de tu pelo que me hacía cosquillas en el cuello. Aunque quería no me moví. Te miré de reojo, cubierta casi totalmente por las sábanas, y después miré el cuarto, las cortinas de gasa de la ventana y el paquete de cereal que había quedado en pie sobre el escritorio, glorioso. Cuando me fijé en el montículo de vestidos me di cuenta que se parecía a un barco hundiéndose.

Tercer puesto - La tempestad, de Beltrán Albareda

Es un viaje largo. Estamos tan adentrados en la ruta que la radio solo agarra estática. Me soplo las miguitas de galletitas del regazo y mi tía abuela me mira desde el asiento de adelante y me las recoge con una servilleta, con mucha fuerza. Me miro las picaduras de mosquito. Tiraron repelente. Trato de arrancar el teclado descascarado del Nokia con las uñas. En un momento lo hago sin pensarlo, y voy levantándolo y poniéndolo de nuevo con los ojos en la ruta. Siempre encontrás algo. Cuando era chiquito aprendía los números contando las antenas de las casas. Cuando trato de jugar a mover los dedos siguiendo el recorrido de los cables noto que en un momento se van por arriba de la ventana y el juego se entrecorta. Bajo los dedos y me vuelvo a fijar en el Nokia. Me subo la manga del pulóver y me miro el brazo hinchado. Me imagino una pelopincho al lado de la ruta. Quedaría rebalsada por el agua de lluvia. En realidad la pile chiquita de la colonia era muy caliente. Nos decíamos que estaba caliente porque los del grupo de 3 a 8 años pillaban adentro.

La pile grande era muy profunda. Nos sentaban en fila india al borde de la pileta, en las baldosas beige, y nos íbamos tirando de costado. Yo bajaba y subía la cabeza. En un momento le hice caso a mi primo y solté todo el aire antes de hundirme, y me quedé en el fondo de la pileta. Me miraba los pies rojos e hinchados, que parecían paletas. Desde abajo veía que el profesor decía algo, se iba, volvía, y cuando al final yo subía tiraba unos palos de hule y las tablas rojas y azules.

Mi tía abuela y mi abuela van pasándose unos dados grandes con las iniciales de una nena que nació hace poco. Me preguntan si fui a la casa y digo que no. Empezó a llover mientras cantábamos La Mar Estaba Serena. La bómber me aprieta un poco el cuello. Mi tía abuela dice que vio un tero mientras yo metía las uñas en el teclado del Nokia, y me pongo muy mal por no haber llegado a ver. Quiero que me lo describan, e insisto mucho pero me desanimo cuando me dicen que es un pájaro gris, negro y blanco. No puedo leer porque voy a marearme.

En un momento, me acuerdo de que el tero es un pájaro gris con espolones rojos abajo de las alas, y que en la colonia de verano le tenían miedo a los teros. En el viaje en auto Nicolás me dijo que un tero le sacó los ojos a un profesor con los espolones, o lo lastimó mucho, mientras daba una clase, o una bandada de teros lo picaron de a muchos. No entendí cuál de las dos era. Cuando llegamos a la colonia, el profesor estaba ahí y no decía muy bien si había pasado algo. Yo no entendía mucho. Me decían que los teros protegían mucho sus nidos, o los huevos. Como es un viaje largo, mi abuela y mi tía abuela se ponen a tejer. Yo miro la pantalla del Nokia que se prende y se apaga. Para afuera no se puede ver nada porque llueve mucho y la ventana queda como una capa de agua. Me preguntan si quiero dormir y yo digo que si el viaje dura menos de un día no me duermo. El tiempo se pasa más rápido. Como hace un rato dejamos de cantar La Mar Estaba Serena solo queda el ruido de la lluvia que golpea el auto. Si tuviéramos una ventana en el techo vería la lluvia desde abajo. Hace un rato se me cayó un vaso de Cepita sobre el asiento y no le dije a nadie. Mi mamá pone el Nokia en la guantera. Por el costado del ojo veo que mi abuela teje como muy concentrada. Por la ventana se pueden ver algunas torres de comunicación que se acercan, y me echo sobre la ventana. Con los ojos llorosos, iba viendo que el campo se hilaba y se iba deshilando también.

35 metros cuadrados de un viaje hacia mi casa, de Avril Schmidt

Me dirijo a la entrada de la casa con cajas y llaves en la mano. Cuando abro la puerta todo está hecho un lío, hay cinta de embalar por doquier, cosas desordenadas. La suciedad le agrega una capa fina a todo. La primera puerta que aparece es de la cocina. Me apoyo sobre el marco y viajo a un recuerdo en el que tengo seis, tal vez siete años. Existían unas revistas de cocina de Barbie que mamá me compró- así como me consentía en muchas cosas- en las que venían recetas y moldes con formitas de corazón y estrella. No recuerdo el sabor de lo que horneamos, pero sí la alegría que me causó prepararlo. Escucho nuestras risas al ver que se nos había rebalsado la masa de los pirotines de los muffins, que con tanto esmero habíamos ido a comprar al cotillón. Salgo de mi mente sin querer irme y pienso que en realidad no había mucho de mí en la cocina, y creo que de nadie tampoco, porque ni a papá ni a mamá les fascinaba estar allí dentro. Es el lugar donde se separaron, donde dijeron “ya está”, pero no uno triste, porque el tic de mamá en el cual tenían que estar bien apagadas las hornallas me trae una sonrisa a los labios.

Después de juntar todo lo que faltaba sacar doy un paso atrás y cierro la puerta. Al darme vuelta absorbo esa rara tonalidad que siempre estuvo presente en nuestro apartamento, un verde agua que combinaba bien con el otro verde del mueble de la tele, ese que hizo papá con mi abuelo, la vocación de uno y el entretenimiento del otro. Se me viene otra persona a la mente, mi tía abuela. Le gustaba el verde, siempre lo vestía, y siendo dueña del departamento no me lo imagino llevando otro color que no fuera ese. A medida que recorro la casa voy recogiendo objetos y guardándolos en las cajas. Abro las ventanas situadas por encima de la mesa que tanto me gustaban, porque aunque solo tenían vista a un pulmón llenaban de aire nuevo el pequeño dos ambientes. Quien sabe cuantas veces me habré golpeado la cabeza con los bordes de chiquita (y si soy sincera de no tan chica también). En la ventana de enfrente veo a la vecina y amiga de mamá, Nora, y la saludo una última vez. Saco el centro de la mesa con sentimientos mixtos: una mezcla de rencor, alegría, enojo y desesperación. Solía desayunar viendo Panam, almorzar con Los Simpson y unos años más adelante cenar entretenida por Esperanza mía. Pero también hubieron muchas veces en las que las peleas tapaban el ruido de la tele. No importa igual, ya pasó. La computadora de hace muchos años está sobre la cama, así que la abro y busco unos videos que sé que están esparcidos en alguna de las mil carpetas que tiene. Encuentro uno de mí con tres años, en este mismo lugar, pero en vez de en una cama en un sillón chiquito de Minnie mouse, en los brazos de papá. La calidad del video es mala porque mamá grababa con su celular de tapita, pero la risa de los tres es clara. Veo otro más pero esta vez con mi primo, girando y gritando, “haciéndonos los locos”, como dijimos en el video. También uno mío viendo a Susana Giménez en la tele con la misma atención como si estuviera cantando Xuxa (de eso culpo a mamá, sin dudas). Sonrío porque a pesar de todos los llamados, Susana nunca respondió, pero no hubo un domingo en el que no hayamos visto su programa. También hay más fotos de cuando estaba en la primaria, haciendo un desfile disfrazada de Violetta por el pasillo. Me dirijo hacia el lugar en donde pasé mucho tiempo los últimos años que viví en este departamento, mi lugar. Mi pieza era la única que había, y hasta ahora no había pensado en la bondad de mamá al cedérmela. Era una habitación grande, con espacio para guardar mi casita de muñecas, juguetes y vinchas. Hubo lugar para todas mis amigas cuando se quedaban a dormir, así como también lo hubo para que yo crezca, que forme a la persona que soy hoy. Ahora se ve un estante con libros en la pared color verde (decidí pintarla y elegí otro tono de verde, ¿quizás es de familia?), y no puedo evitar reírme en voz alta al recordar como todo el lugar solía estar bañado de rosa. Las paredes empapeladas: rosa. La guarda y alfombra de Barbie del mismo color, al igual que las cortinas, cama, baúl, sillón, sillas y techo de la casita de muñecas. Después de un rato de tirar y guardar cosas vuelvo hacia el living, cerrando la puerta cuidadosamente.

Una vez vacía, admiro la casa desde la puerta de entrada. Parece más grande de lo que pensaba, y me doy cuenta que a pesar de su diminutez, viví ahí más de lo que podría haber vivido en cualquier mansión.

Caramelo en lagrimal, de Maurina Lombardi

El frío que hacía esa noche era inolvidable: golpeaba en la cara, en los labios, en el orgullo. Ese frío que estremece la nuca y cuya única frontera son los huesos. Todo bolsillo en el festival era un rincón habitado y hacinado, sirviendo de cobijo para las manos más heladas. Las personas arqueaban sus espaldas, como para no dejar al fresco entrar por las delgadísimas franjas corporales al descubierto. Pero una nena resistía: mientras todos a su alrededor expresaban algún tipo de reacción a la helada (recrear abrazos unipersonales, meter torpemente las manos en las mangas de suéteres, buscar con un sarcasmo desesperado un vaso de café), ella se sentaba mirando fija y rígidamente su entorno.

Inaturdible frente al frío, la nena callada. Quizás era porque estaba envuelta en un sinfín de abrigo. La recorrían bufandas de todos los colores. Todos sabemos que cuando batallamos contra la helada, no hay moda que pese, ni combinación que aguante, pero esta chiquita en verdad era un caleidoscopio de lana, casi acercándose a lo absurdo. Por supuesto que, al no tener más de seis años, lo tenía enteramente permitido: la ternura vencía todo, incluso aunque pareciera un mamarracho colorido, similar a un dibujo que ella misma podría haber hecho. En fin, lo cierto es que, al frío, le hacía frente, y no parecía perturbarle en absoluto.

Pero probablemente, el otro móvil justificaba su imperturbabilidad. Si alguien espiaba entre la última polera y la quinta bufanda, podría haber visto que, de su mirada penetrante, goteaban algunas penas. Las lágrimas le helaban los cachetes aún más: el viento encolerizado las enfriaba con más ímpetu y le quemaban los bordes de su minúsculo tabique. Por lo tanto, no reaccionaba ante el frío, para no dejar ir otro dolor. Quería demostrar que la afectaba otro motivo, que su llanto devenía de otras penas. La pobrecita, estaba presa del rencor infantil. Y ahora, lo único que quería era que sus padres notaran lo mucho que le quemaba el enojo por dentro. Ese festival, ya nada le importaba.

En realidad, ella quería ir a aquella experiencia desde hacía semanas. Le habían llegado los cuentos de los pochoclos, de las manzanas acarameladas, de los juegos y kermeses. Tentaciones que seducían a cualquier niño, sin ninguna duda. Pero lo que a la nena más la emocionaba eran los libros: los rumores de la sociedad (es decir, lo que le habían dicho mamá y papá) era que aquel día una inmensa biblioteca circulante se presentaba en el festival. No necesitó de mucho más detalle para maravillarse, y hacer del festival el único tema de conversación en las comidas familiares.

Sin duda esto no era lo que transmitía en ese momento. ¿Adónde había ido esa nena, que, hasta hacía tres horas, encarnaba una infinidad de conjeturas de aquel festival único e irrepetible? Alguna discusión con su mamá o una desatención de su papá, propias tragedias griegas en su edad, la deberían haber hecho cambiar de parecer ciento ochenta grados. Ahora sólo sabía que quería irse, o que alguno de sus padres la atendiera para demostrar su furia e indignación. El capricho era ella, y ella, su capricho. Todos parecían disfrutar a su alrededor, incluso batallando contra la helada. ¿Por qué no podía ella, como hacían los demás, dejar a un costado las incomodidades y disfrutar lo que más le encantaba en el mundo? Finalmente, mamá se dio vuelta y sus miradas se cruzaron. Nadie hubiera esperado una mirada tan helada proveniente de una nenita de seis años. Pero así fue: sus ojos eran hielo hiriente, del que irónicamente quema, incluso sorprendente en ese entorno ya de por sí frío. Y aquello le llegó a su mamá, que tanto había buscado las entradas en cada momento que había tenido libre en los últimos tiempos.

No tardaron en irse. El silencio primaba en la vuelta a casa.
Unos días después, vieron la noticia en el diario del domingo del impresionante festival que había pasado por la ciudad solamente por una noche. Muy profundo en sí misma, la niña se lamentó de no recordar más que el pochoclo de la entrada. Ni un libro, ni una historia. Sólo caramelo, y una angustia empecinada.

La búsqueda, de Delfina Mascia

Después de llegar del colegio, vas directo al baño. Te frustra que la puerta no cierre a la primera, el viento escucha tus quejas y te ayuda con un gran estruendo. Te achicás en tu lugar, los ánimos en casa no están para que las puertas se hagan giratorias. Sin dar más vueltas, te lavás las manos y la cara, refregás con ímpetu, tratás de borrar cualquier rastro de lágrimas. Desde lo más profundo de tu corazón, deseas que el agua fría haga magia y deshinche tus ojos, que se lleve con ella esa mezcla de frustración, lágrimas y mocos que se pega a tu piel. Te mirás al espejo por primera vez desde que entraste y solo te dan más ganas de llorar. Pensás que todo sería mucho mejor, más fácil, si los sentimientos no existieran; si en vez de humanos, fuésemos máquinas.

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Te sentás en el escritorio con un cuaderno Rivadavia de hojas lisas nuevo, recién comprado. Lo mirás, lo abrís con delicadeza, pasas las primeras páginas explorando la textura del papel. Lo analizas del derecho y del revés como si no tuvieses otros dos o tres iguales guardados en tu cajón. Pero este es diferente, está limpio. Desplegás todos tus lápices de colores, fibras, fibrones, lapiceras (algunas de brillitos y otras metalizadas), también revistas, plasticola y tijeras; extendés toda esa mezcla de colores sobre la superficie y elegís tu color favorito del momento, el azul, para escribir tu nombre y la fecha en la primera página. En la segunda, te desentendés del tema y permitís que las manos de otra persona escriban: “Bienvenidos al diario de Miranda”. La tercera hoja lleva el nombre de Delfina, la cuarta es obra de Luz; la quinta, por otra parte, pertenece a Valeria. Al igual que los anteriores, pasa de mano en mano, se llena de palabras y experiencias ajenas.

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Durante la cuarentena te quedás la mayor parte del día quieta. Tu familia insiste en que te pongas en movimiento, “¿me acompañas a...?”, “querés que vayamos a...”. Necesitás salir, estirar las piernas y recorrer las calles de Lanús a la caza de conversaciones sueltas en el aire. Pero te negás a escuchar, nada te interesa. Ya no se habla de días, semanas, meses; todo ocurre en una eterna tarde de domingo. La semana se convierte en una masa homogénea que se resiste a ser amasada, pegajosa, se pega a la mesada, a los dedos. El calor de las palmas solo hace que la manteca se derrita, la mezcla atrapa tus manos en una jaula amarilla y untuosa.

Sentís que te liberás de ese encierro cuando una conocida envía un mensaje diciendo: “Mirá este taller de escritura”.

*****

Llega el primer martes de octubre y, con él, el primer encuentro. Te parás frente al espejo y practicás cada uno de tus gestos y voces; “Hola, me llamo Ámbar, tengo diecisiete, es la primera vez que hago algo como esto” decís entusiasta y exagerás el movimiento de tus manos para ocultar su temblor; “Hola, ¿cómo andan? Me llamo Ámbar, me gusta leer, pero no termino ningún libro” empezás simpática y tratás de ponerle humor, pero te frustrás y tirás de tu cuero cabelludo; “Hola, sí, soy Ámbar. Ahora estoy leyendo ‘Orlando’ de Virginia Woolf” decís mientras apoyás la mano izquierda a un costado del reflejo y acomodás un mechón detrás de tu oreja. Todo suena terrible, ninguna palabra que sale de tu boca logra sentirse real; te mirás de nuevo al espejo y te ponés colorada, y ¿ahora qué hago?

En medio de la crisis, inhalás, exhalás y volvés a empezar. Con pasos contundentes, salís del baño, vas a tu pieza. Te fijás la hora, cerrás la puerta, prendés la computadora y te conectás al encuentro. Sala de espera. El corazón te va a mil, las palmas de tus manos sudan, mirás por la ventana y te concentrás en los árboles del jardín. En un momento, escuchás voces de mujeres al otro lado. Sonreís desde lo más profundo de las entrañas. Atrapás algunos nombres, fechas, palabras en el aire.
—Primero intenta ser algo, cualquier cosa —comienza una de ellas. Ni bien pronuncia la última sílaba, tomás esa frase como propia.

La casa sin su gente, de Paloma Belén Antonelli Laffitte

Nunca me había dado cuenta de lo grande que era nuestra casa hasta ahora. No la había visto de esta forma ni siquiera el día que nos mudamos, cuando estaba incluso, más vacía que ahora; sin nuestros muebles, ni los adornos, ni nuestras fotos en las paredes, los recuerdos de las vacaciones con mis viejos o la heladera llena de imanes de nuestra pizzería favorita. Reviso la puerta principal, está cerrada y asegurada. Supongo que es lo que genera tener que revisar y cerrar una por una cada entrada y cada ventana, notas los detalles que normalmente no verías. Y el silencio, el silencio también hace que el lugar se sienta más grande. Tal vez tendría que pedirle perdón a los niños por todas las veces que les dije que jueguen sin hacer ruido o me molesté con ellos por estar discutiendo a los gritos. Realmente hacían que el lugar cobre vida. Se siente tan extraño sin ellos acá. Ver la mesa vacía sin sus juguetes ni nuestras computadoras. No me animé ni siquiera a poner alguno de tus sahumerios. La sala tiene dos ventanas grandes, también están cerradas y selladas. Revisé dos veces cada una para estar seguro.

A pesar de lo abrumador que es el silencio estoy seguro de que amarías ver lo mucho que aguantó tu limpieza profunda esta vez. Levanté los platos rotos de la cocina, así que está todo como cuando recién habíamos terminado de trapear el piso. Compruebo la ventana detrás de la mesada, cerrada. El baño de visitas no tiene ninguna conexión con el exterior pero reviso igual para asegurarme de que la rejilla este tapada. Paso al pasillo e intento no distraerme mucho viendo las fotos: vacaciones, cumpleaños, primeros días de escuela, todo perfectamente congelado en las paredes. Se me hace un nudo en la garganta. La puerta de atrás está cerrada. Intenté empujarla y comprobé con éxito que no cedía. De regreso por el pasillo, cruzo la sala y subo la escalera. Más fotos, sonrío pensando en lo acertado que fue el regalarte esa cámara un año antes del primer embarazo. Sí que le diste un buen uso hasta sus últimos días a ese humilde aparato. La ventanita del entrepiso está bien trabada. Siento el impulso de quedarme a ver cada cuadro, recordar cada momento. Incluso pienso en ponerme a buscar los álbumes de fotos que teníamos guardados por ahí, pero no queda tiempo. El ventanal de nuestro cuarto está bien bloqueado. Entro en nuestro baño y aseguro la ventana más chica. No se abre. Veo de reojo en el espejo mientras estoy en eso. Nada. Escucho un crujido cuando paso por el pasillo rumbo a los cuartos de los chicos. Recuerdo cuando escuchaba de noche ese sonido y sabía que los niños estaban despiertos buscando algo de comer o a hacer sus necesidades de madrugada. Imagino los susurros y las risas. Paso al baño de los chicos que nunca permaneció tan limpio. El suelo prácticamente brilla y me hace sentir culpable por mancharlo con la suciedad que traje de afuera en la suela de los zapatos. La ventana pequeña está bien trabada y tapada. Paso a su cuarto. Me aseguro de que cada parte esté bien trabada. Nadie podría quejarse ahora de que entre viento por ningún lado, supongo que estas cosas siempre se solucionan cuando ya no importan. Me quedo unos segundos en esta habitación, siento un nudo en el pecho mientas observo sus cajas de juguetes, las frazadas con dibujos, la alfombra de autopista con un autito de plástico todavía encima, veo la mancha a su lado. Un ligero escalofrío. Me aseguro que la puerta del armario esté bloqueada y salgo de la habitación. Reviso todo una vez más en mi camino de regreso a la sala. El sol ya está cayendo y el silencio se va con él. Ya se escucha algún que otro crujido, un murmullo apagado. Un ligero olor a jazmín se me acerca desde arriba de uno de los muebles.

Me siento en uno de los sillones del living, frente a la mesa de café que nos regaló tu mamá cuando nos mudamos. Escucho a los chicos jugar un videojuego en su cuarto. Siento el aroma de la comida y tu voz que me llama desde la cocina. Ya empezó. Respondo que ya voy. Agarro el arma que está sobre la mesita y me pongo en marcha.

la zanja de un cuerpo, de Esteban Ifrán

era joven la mayoría del tiempo la pasaba frente a la tele ,viendo la colorida y retorcida imaginación de alguien en un cristal luminoso. La tarea era aburrida. me distraía con la primera hormiga que salía de los huecos de la pared, era la señal, o todas las pequeñas cosas lo eran. salía afuera , La brisa enfriaba mis cachetes, no existía nada más que mi mundo de posibilidades invencibles. En donde yo era el más poderoso pero me dejaba derrotar por alguno que otro villano. Conquistaba el patio con mis perros y otras creaturas que inventaba en una tarde.

seis años tenia, la primera vez que probé un cigarro. mi mamá trabajaba todo el día, limpiando la casa de una anciana judía. mi papá en una herrería, lejos de mi barrio. ellos sabían que la chica que me cuidaba, me llevaba a la plaza lejos de casa, aunque cerca de donde trabajaba papá.
la chica hablaba con su amiga cuando se encontraban entre los pinos. yo me acercaba a Una estatua encerrada en una casilla, La virgen de Guadalupe, Me miraba con sus ojos marrones y pómulos rosados, su piel estaba morena y tenia mucha barriga. Y

una colilla estaba en el suelo, alguien la dejo a la mitad, La levante y me escondí en la parte de atrás No había nadie cerca. Intente hacerlo como lo hacía la chica que me cuidaba y su amiga, Tosí mucho esa noche. A los catorce ,en una de mis clases de boxeo, conocí a Aarón. Un chico alto y corpulento de ojos azules, era tres años mayor. era que mejor peleaba, enhebramos una buena amistad, Iba más a su casa que él a la mía. Teníamos aventuras en las calles de beodo mientras Sus papás estaban la mayoría del tiempo en casa; la única ausencia era su atención. Aarón era muy simpático y gracioso, Leía mucho, No era de jugar videojuegos o distraerse hablando de si mismo.

Pasaron los años, Cuando cumplía los diecinueve él ya tenía veintidós, Se alejaba de mí. su vida debía volcarse en otra parte. Pero antes de eso me contagió su gusto por la literatura y el whisky, el ajedrez y unas bandas de música punk. Terminé el secundario, Seguí estudiando un tiempo más, hasta que lo dejé, Mi papá decía que era una especie de deserto. aunque Trabajaba en la herrería con él, era duro e infernal. Con ese dinero compraba algunos libros, viajaba al parque centenario. ahí estaban baratos, en un estado avejentados , turbinados por el tiempo y vinagrados por anteriores dueños Aunque seguían sirviendo. Llegaba a casa y los ponía en el libreo de mi habitación, estaban parados con sus solapas atractivas y papel rancio, se los cenaba el polvo, mientras esperaban a que los lea.

A los treinta ya no tenía a nadie o todos murieron o todos me olvidaron. vivía angustiado en un apartamento en Le Batiment, recoleta. Era buen inquilino, hasta que me echaron, cuando tuve un incidente con el de la habitación veintidós; La verdad no me quejo beber toda esa cerveza del bar, sirvió de munición, para vomitarle la puerta al vecino. ese hijo de puta se la pasaba golpeando a sus hijas pequeñas. los crímenes contra la humanidad, siempre fueron ensuciar la amistad publica. Ahora estaba en la casa de un tipo que conocí en el "bar recazzo", En san Telmo. Ricardo me daba el lugar, por unas semanas, hasta que pudiera conseguir algo mejor. la casa estaba al principio del paseo, en ruinas, por fuera y dentro Con suerte tenía techo. Las palomas se acercaban a cagar, los vagos a mear, algunas balas también entraban por las ventanas, Como si yo las invitara, Era romántica su puntería.
la primera noche fue fría, a la semana. ya todo tenia un poco de orden en el caos.
me veía , mi pelo desordenado y seco, mis arrugas muertas, algunas cicatrices lisas y un moco verdoso en el borde de mi enorme nariz. -Repetía, con los labios secos y partidos, mi nombre – Zigor,zigor,zigor... – por unos minutos pensé en ello, Cómo si cada vez que lo decía, Me volvía un desconocido extraño en el cuerpo de un miserable. Volteé la vista al colchón en el suelo, Aun tenía los libros que compraba antes, En una bolsa que agarré cuando me fui de casa a los veintidós, los saque y los puse sobre las frazadas amarillentas, Estaban: “fiesta” de Hemingway, “factótum” de Bukowski, “cartas a Teo” de van Gogh, “el guardián entre el centeno” de Salinger y “las ventajas de ser invisible” de Chbosky. Cada uno me recordó al pasado. Cada vez que Salía en las noches con Aarón y sus otros amigos era una fiesta; hasta que cumplí los diecinueve, nos peleamos como las jirafas africanas. Por una chica rubia y guapa, que termino olvidándome, igual que lo hizo él. Factótum era mi vida actual pero no trabajo tanto como el joven Chinasky; Eso si a veces termino mis días bebiendo ginebra con un compañero de borracheras. Las cartas que les escribía a “ámbar”, cuando estaba en tierra del fuego. eran muy críticas, aunque algunos párrafos eran muy lisérgicos. pienso que estuvo guardándolas en su cajón junto a sus bombachas y perfumes; ella me regalo el gorro con orejas que siempre uso. una profunda sonrisa golpea mis muecas cuando veo la tapa verde y bordeada de " las ventajas de ser invisible"; pensé en aquella niñera de mi infancia, Recuerdo el sol, las manos de la niñera forzándome a fumar, con el cigarro a la mitad en la boca, agonizando. y su amiga de piel morena, pómulos rosados, sus ojos marrones, y algo gorda. me moví hacia mi bolsa ,saque un cigarro más viejo que yo, Lo prendí con un encendedor que encontré de casualidad. vi mi semana de estreñimiento, vómitos, mis costillas quemadas, mis uñas con moho, Vi mis manos, ya no eran como cuando tenía seis años, suaves, blancas e inmaculadas. Ahora eran la historia que una gitana, le disgustaría leer.

Montón de cemento, de Carmela Treo Rodríguez

Se van a ir, es oficial. Pasaron 20 años que yo no tenía un cartel de “Se vende” en frente mio, la familia es muy linda, acá dieron sus primeros pasos, raspones de rodillas, aromas de cocina y manchas de comida. Primeros desfiles en el espejo del living y búsquedas interminables de medias sin par, karaoke hasta tarde y discusión con vecinos para bajar la voz. Yo siempre intente buscar una forma de decirles que me ponía muy feliz que estén conmigo pero la primera vez que lloré de felicidad, desate una humedad en toda la pared de la cocina y cuando busque otra forma, abrí una ventana y casi no duermen pensando que la casa estaba llena de fantasmas.

Detesto ese cartel delante de mi, ojala le haga pis Roco, no quiero que se vaya Roco. Siempre que la familia se iba lo dejaban adentro y le decían “¡cuida la casa Roco!”, el me cuidaba muy bien. ¿Y si ahora viene un chihuahua que solo me grita? o un gato que solo me despeine las tejas del techo o peor aún ¡un gato y un chihuahua!. Capaz no venga nadie.
Escuche que ya tienen una casa nueva que es gigante, usaron la palabra bellísima, seguro una exageración(eso quiero pensar),dijeron que es enorme y yo soy más bien, una casa acogedora, dijeron que estaban muy emocionadas por irse y un poco se me oxidaron las bisagras, igual no fue por eso, creo.
Me encantaría pensar que no se van a ir, que solo es como cuando se fueron de vacaciones un mes y casi me di por abandonada. Kraoke de cucarachas había nada más y una amiga que pasaba algunos días, limpiaba poco, dormía mucho, invitaba a alguien y se iba. No me saludaba al irse ni me miraba con los ojos de mi familia, bueno, ahora mi ex familia.
No me gustan las despedidas, más que todo porque yo no puedo decir nada, la familia habla de que está feliz de irse “casa nueva, vida nueva”, yo se que quieren una vida nueva porque con esta no pueden más. Veo como el padre se esconde a beber, hasta el hombre que viene a sacar las ultimas cosas se da cuenta. Lo primero que saca es una vinoteca, después una bolsa llena de botellas(todas vacías), cosas rotas, cartas sin terminar de escribir y más botellas debajo de la cama, escondidas en el baño y abajo del sillón.
El padre me mira, le repite a la familia que se van para ser una familia más unida y porque yo me estoy cayendo a pedazos, también me lo dijo el fletero entre monólogos “te estas cayendo a pedazos, amigo” y suspiro intensamente levantando todo el polvo que nadie quiere ponerse a barrer. ¡Que laburo ser fletero! seguro sabe muchas historias, un poco en la mirada del fletero me consuelo, saca las cosas despacio y parece un experto en Tetris por cómo acomoda todo en su camión.
Pensé que nadie iba a empatizar conmigo hasta que el hijo más chico de la familia se puso a llorar, es el único que no se quiere ir(un poco porque sabe que después tiene que acomodar sus juguetes). El padre es pésimo consolándolo, lo único que le dice es que no se apegue a cosas que son solo “un montón de cemento” y yo que me aguante cada taladro para sostener un estante lleno de fotos felices y cosas que no sirven de nada, como centros de mesa de alguna fiesta de quince. Yo soy más que un montón de cemento pero él y su corazón, son solo eso.
Me brota humedad por todos lados y como si fuera poco está empezando otoño, ahora nadie va a limpiar las hojas de la vereda ni las que se vuelen dentro mío, el único karaoke va a ser el de las hormigas, ya no me voy a reír escondiendo medias debajo de muebles y la cocina va oler, siempre a nada.
Lo peor de todo, es que aunque acepte que van a estar mejor, que realmente quieren irse, aun si acepto que me estoy cayendo a pedazos, no puedo aceptar que se van a mudar a 5 cuadras.
Efectivamente se mudaron a 5 cuadras.
La calle en frente mío es la única que las lleva directo al supermercado más cercano, quiera o no siempre los veo, a veces mirando para abajo, el niño siempre se frena a hacerme ojitos y revisa si alguien me compro. El padre hoy paso con una petaca en la mano y ya no se, quien de nosotros dos, se está cayendo a pedazos.

Pasos de gigante, de Nina Schiaffino

La primera vez que lo vi, lo que más me gustó fue su barba negra con algunas canas incipientes y largas. Tenía seis años y nunca había visto una barba tan crecida, tan enredada. Me gustó peinarla, él me hacía upa y yo me sumergía entre sus pelos para jugar a la escondida y a la peluquería. Así fue que, un día, en la merienda familiar de los domingos, cuando mi tío Santiago me alzaba, me di cuenta de que él no era completamente humano. Era mitad gigante. Lo miré, muy sorprendida, y él, guiñándome un ojo, me convirtió en su eterna cómplice de aventuras.

Mi tío Santiago estuvo en la cárcel durante muchos años, por eso tardó tanto en reunirse con nosotros en el Exilio y lo conocí cuando tenía seis años. Pero yo siempre sospeché que él en realidad no venía de Buenos Aires, sino de la Cordillera, donde todos sabemos que vive todo tipo de criatura mágica y fantástica. Cuando ese día, trenzándole la barba, vi aquel gesto en sus labios al hablar, una mueca casi imperceptible, como de dolor, supe su verdadera historia. Lo habían capturado, y sus cicatrices eran las marcas que dejaron ellos al achicar su cuerpo de gigante. Lo que más me costó fue averiguar cómo lo encontraron (bueno, siendo gigante era fácil verlo, claro, pero ¿por qué a él?) y para qué lo quisieron achicar. Mi mamá siempre dice que el miedo nos achica y nos quema por dentro. El tío Santiago tenía muchas quemaduras por todo su cuerpo, pero nunca lo pude ver por dentro para confirmarlo. Además, eso no era solo trabajo del miedo, alguien más tenía que haber ayudado. La pregunta, entonces, fue: ¿quién sería capaz de asustar tanto a un gigante como él, robusto, peludo y tan alto?

Intenté varias veces preguntarle sin que mi mamá nos escuchara, porque siempre que hablaba del tema enfrente suyo me retaba. Igual siempre estaba ahí y sus oídos sónicos terminaban de una u otra forma por atraparme con las manos en la masa. Decidí cambiar de estrategia e interrogarlo a solas, sin mi mamá presente. Bueno, interrogarlo no, mi mamá dice que esa palabra es muy fea; lo que quise hacer fue averiguar si mi teoría era cierta. Empecé a llamarlo por teléfono los sábados a la tarde, en el horario en que mis papás se encerraban a dormir la siesta en su habitación, hasta que lo convencí de que me llevara a pasear a la plaza porque yo, tan sola, sin hermanos ni primos para jugar, me aburría mucho. Su única condición fue que no le preguntara más cosas de ese tema porque no quería hablar de eso. Ahí sí que estuve a punto de rendirme. Si él no quería hablarme del tema, ¿cómo iba a obligarlo? Eso sí que es algo feo de hacer, pobre tío Santiago.

Las salidas de los sábados se hicieron parte de la rutina y él fue haciéndome parte de su pequeño mundo de ex-gigante. Me llevaba a caballito por la calle y corría y yo sentía que volaba, podía ver casi el barrio entero desde tan arriba, en mi asiento privado sobre sus hombros. Íbamos siempre a la heladería de enfrente de la plaza, yo pedía un cucurucho de chocolate y dulce de leche y él una tacita muy muy chiquita con un café muy muy oscuro. Un día no me aguanté más y le tuve que preguntar.

—Tío—le dije, curiosa.
—¿Qué pasa, remolona?
—Eso que estás tomando: ¿es para volver a ser un gigante?
Al principio no me entendió, así que le expliqué que yo ya sabía que él era un gigante de la Cordillera y que los malos lo habían encerrado para achicarlo con miedo y cosas feas, y que por eso había tardado tanto en venir y tenía el cuerpo tan lastimado. No me contestó nada, me miró un rato largo, en silencio, hasta que me abrazó y empezó a llorar. Yo nunca había visto a una persona grande llorar, menos a un gigante, así que le dije que se quedara tranquilo porque yo no le iba a contar su secreto a nadie y que no hacía falta que llorara. Él solo se río y me hizo upa para que le peinara la barba después de sonarse los mocos y secarse los ojos.
—Tío—le dije muy bajito al oído.—¿Pensás que cuando crezca yo también voy a poder ser una giganta?

Terminar la labor, de Vera Friz Levit

Tengo esa mala costumbre de llevar libros incómodamente grandes en la mochila. Es mi afán de lectora, en casa no leo porque mi atención se pega inevitablemente a las cosas más efímeras como un tiktok o un video de youtube, y cuando voy a salir, una hora y media de colectivo proyectándose en mi futuro, pienso ahora sí, ahora sí voy a tener el tiempo y la falta de distracciones para empezar a leer "Grandes Esperanzas". Hoy tengo el libro de cuentos completos de Silvina Ocampo. Hay algunos que son alucinantes y otros que son bastante mediocres, la verdad es que es un cacho de libro, y me hace pensar que por ahí la mina le daba para adelante con cualquier cuento que escribía, como Cesar Aira, meta a publicar. Aunque la verdad tengo muy poca idea de cómo habrá sido el proceso de construcción de este libro, de dónde vendrá la recopilación, quizás cronológica, de tanto cuento con poca distinción de calidad. Ahora me encuentro en una meseta, estos cuentitos de dos páginas son muy fáciles de pasar uno atrás del otro sobre todo cuando no son tan buenos, y los últimos diez creo que deben haber terminado con una muerte. Se me hace algo ruin, terminar un cuento con una muerte, o al menos terminar diez seguidos, es como un truco fácil. Así que decidí matar a alguien más o menos por la mitad del cuento, por esto lo anuncio ahora: se murió Sarita, la tía de mi mamá, por lo tanto la tía Sarita para mí (nadie le dice tía abuela a sus tías abuelas). Me ofrecí a vaciar la casa, la quiero ayudar a mi vieja, y siento que poseo un arma poderosa para esta situación: la de tener padres bastante grandes. Porque cuando una nace a los cuarenta años de su viejo cae en el peor momento de los más grandes de la familia. Está cuando ya chochean, cuando no la pueden cuidar a una porque necesitan su propio cuidado, cuando los primeros mueren de algún marcapasos sin batería. Ahora tengo veintitrés años, así que bien que duró la tía, pero nunca la tuve como una figura demasiado fuerte.

Al fin llegué, saco las llaves con un tintineo. No sé qué me voy a encontrar, no sé cuándo fue la última vez que estuve en este departamento. Entro despacio, como pidiendo permiso. Necesito que alguien me de permiso para tocar estas cosas. Entra la luz por las rendijas de la persiana, iluminando los muebles de señora de a fragmentos. Yo nunca tuve persianas así, tuve de esas que dejan entrar la luz con rayas largas o las black out. Cuando tenía algo así como diez años me quedé a dormir en esta casa con mis primas. Me acuerdo que me desperté primera, y me daba mucha vergüenza levantarme a agarrar algo de desayunar. Así que me quedé mirando cómo el sol se levantaba e iluminaba distintas partes del departamento a través de la persiana. Me viene una imagen muy específica, cuando quedó la cara de un gato de cerámica enmarcada por la luz, el gato tenía los cachetes rojos y un moñito azul.

Empiezo con lo más rutinario: abrir las persianas, tirar la comida de la heladera. Pero cuando abro la heladera la veo a ella con su joroba eterna, metiendo ese plato de arroz que no se va a terminar nunca. Así que divido el departamento en partes, quizás eso me de algo de claridad. Agarro un papel cualquiera y una lapicera. Cocina, living, baño, habitación. Basura, ropa, utensilios, recuerdos, muebles y objetos. Para cuando me doy cuenta estuve haciendo un dibujo detallado del living por veinte minutos y no me puse a revolver un sólo armario. Basta. Tengo que hacer algo.
En el sillón hay un pequeño tejido. Sarita cosía, tejía a dos agujas y en crochet, se rumoreaba incluso que ella y otras pequeñas costureras le habían hecho el vestido de casamiento a Mirta Legrand. El tejido es simple, son un par de líneas de cuarenta medios puntos altos alternando rojo y rosa. Me siento en el sillón, las lanas sobre mis piernas. Me pregunto cómo agarraría ella la lana, las últimas veces que la había visto coser yo era demasiado chica para saber qué estaba haciendo. La aguja de crochet es linda, tiene peso, parece ser hecha de metal. Se siente bien en mi mano. Tejo una línea y me detengo. La destejo con cuidado. Me daría mucho miedo olvidarme adónde termina lo mío y dónde empieza lo de ella.